OPINIÓN| Nicolás Lúcar: Mensaje desde Francia

La historia comienza cuando el gobierno de Emmanuel Macron, muy moderno él,  decide crear un nuevo impuesto ecológico a los combustibles.

La historia comienza cuando el gobierno de Emmanuel Macron, muy moderno él,  decide crear un nuevo impuesto ecológico a los combustibles. Con este, el precio de los carburantes aumentaba en poco más de un año  en cerca del 25% y provocaba la inevitable cadena del encarecimiento de la vida para los franceses y un jugoso aumento de los ingresos para el fisco.La vida debía seguir su curso y a la gente solo le quedaba aguantar el golpe con el ceño fruncido y la resignación de siempre… pero algo falló.Nadie sabe por qué ni cómo, pero algo pasó.Priscila Ludosky, una vendedora de cosméticos por internet, dijo en su Facebook que no le parecía y pidió reunir firmas… en pocas semanas, un millón de personas habían suscrito su petición.Su reacción coincidió con otras, todas de ciudadanos sin militancia política conocida, gente de clase media y trabajadora como Jacline Mouraud, cincuentona acordeonista que llamó a la gente a manifestar su descontento.A ellas se unió Jean-Francoise Barnaba, un director de Cultura y Turismo de un pueblo del centro de Francia, jubilado a la fuerza, que empezó a enumerar todos los descontentos.El éxtasis llegó cuando Ghislain Coutard, un mecánico de automóviles de 36 años, que llevaba puesto un chaleco amarillo, grabó un video llamando a la gente a manifestar su oposición, ya no solo al impuesto a los combustibles sino a todo  aquello que a los franceses trabajadores les desagrada y los ofende.

El video tuvo en pocos días más de 5 millones de reproducciones y marcó un hito: el chaleco amarillo sería el distintivo de este movimiento que salió de las entrañas mismas del enojo de los franceses.De las redes sociales la protesta se trasladó a las calles de las principales ciudades del interior de Francia,  primero, y de París después.Los ‘chalecos amarillos’ estaban en todas partes y eran cada vez más.Cada convocatoria ha sacado a la calle a 300 mil personas en todo el país y los partidos políticos de la vieja democracia francesa están todavía tratando de entender qué díablos es lo que está pasando en su propio país.Los grupos de molestos o enojados como se hacen llamar a sí mismos, se mueven en las redes sociales como peces en el agua. El Facebook y el Twitter son los medios de contacto y de organización.’Chalecos amarillos’, recuento oficial, tiene cerca de dos millones de seguidores registrados en Facebook

El mapa de manifestantes son 300 mil y ‘patriotas enojados’ tiene 50 mil.Los números suben cada día, las protestas se multiplican y los conflictos también.Al tren de los ‘chalecos amarillos’ se han subido grupos de izquierda y anarquistas, algunos de ellos muy violentos que han atacado vehículos policiales, locales públicos y que han protagonizado saqueos.Pero ellos no son la mayoría, ni expresan el espíritu de los ‘chalecos amarillos’.En solo seis meses este movimiento ciudadano ha puesto en jaque al Gobierno, que ha tenido que retroceder en el nuevo impuesto y que ha empezado a entregar hasta lo que no le habían pedido, sin lograr satisfacer a los manifestantes que ahora quieren que cambie todo.¿Cuál será el destino de los ‘chalecos amarillos’? Aún no está claro, es incierto.Ahora mismo están definiendo, en esta especie de súper democracia de las redes sociales, para dónde ir.Priscila Ludovsky, que al comienzo pedía firmas contra el alza de los combustibles, ahora exige referéndums para todas las decisiones trascendentes, la instalación de una asamblea popular, cuyas características ni atribuciones están claras,  y el recorte inmediato de todos los privilegios de los altos funcionarios .Y ese es solo el comienzo de su lista .Lo que está ocurriendo en Francia es una revolución que le ha hecho llegar a los políticos el mensaje de que los franceses no están contentos, de que los partidos viven de espaldas a la gente,  pero lo más importante de que esa gente se cansó de esperar a que otros se hagan cargo de resolver sus problemas.

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