OPINIÓN | Moisés Rojas: Netflix y La casa de papel  

Esta empresa tiene alrededor de 125 millones de suscriptores en todo el mundo. Un gigante de las comunicaciones.
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La televisión ha cambiado. Incluso el mismo artefacto ya no es esa caja aparatosa que crujía a la hora de cambiar de canal. Hoy es cada vez más delgada y la pantalla más grande. En ese contexto aparece Netflix para revolucionar la comunicación. Esta es una empresa de retransmisión (o streaming) que pone a la disposición del consumidor una plataforma de contenidos audiovisuales. El consumidor puede usar una laptop, una tablet, un celular o un televisor para acceder y mirar los audiovisuales.

Esta empresa tiene alrededor de 125 millones de suscriptores en todo el mundo. Un gigante de las comunicaciones. El suscriptor paga un monto fijo por mes y con ese pago accede a series, películas, novelas, etc., de otros productores o producidas por la misma empresa. “Perú es el tercer lugar a nivel global en cantidad de miembros que ven Netflix todos los días”, señalaban sus representantes a fines del año pasado. Este dato no expresa un tema menor.

Me parece importante ver con atención este fenómeno que cambia los hábitos de los consumidores y transforma la comunicación masiva. Al parecer la crisis de la televisión tradicional se ha convertido en el crecimiento de plataformas como Netflix. El televidente ya no es un agente pasivo que acata la programación del canal de televisión. Ellos eligen sus propios contenidos y la empresa desarrolla un sistema para crear series o películas que, según algoritmos, son de la preferencia de los nuevos televidentes.

La última serie que vi fue La casa de papel. Es una serie española sobre unos atracadores que toman la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre para producir su propio dinero y robarlo. Lo único que les puedo contar, sin adelantarles la historia y quitarles la emoción, es que con esta serie ─como decía una alumna─ se confirma esta tendencia de crear héroes no tradicionales. Estos que no son típicamente buenos. No, aquí todos los ladrones, que llevan nombres de ciudades, como Berlín, Moscú, Tokio, Río, Nairobi, Denver, son entrañables. Uno termina sintiendo cariño por ellos. Raquel, la inspectora a cargo del secuestro y la toma de la Fábrica señala en una parte de la serie “no estoy segura quienes son los buenos y quienes los malos”.

Quizás estas series que son vistas por millones de personas también estén creando una nueva moral, una que va más allá de los blancos y negros. Habrá que ver.

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