7 Dic, 2017

OPINIÓN | Martín Valdivia: Al filo del abismo

cuando se pensaba que solo iba a cambiar de lugar a la embajada norteamericana , el polémico presidente de los Estados Unidos vuelve a la carga con una decisión polémica

Donald Trump sigue poniendo al mundo al filo del barranco. Mandando al tacho más de seis décadas de diplomacia norteamericana, ayer decidió patear el tablero y reconocer a Jerusalén como capital de Israel. Es decir, cuando se pensaba que solo iba a cambiar de lugar a la embajada norteamericana (de Tel Aviv a Jerusalén), el polémico presidente de los Estados Unidos vuelve a la carga con una decisión que puede costarle a su país más de un problema con el mundo árabe.

 

Si el anuncio de la mudanza de la sede diplomática ya había erizado la piel de sus aliados y fastidiado en demasía al mundo musulmán, ya pueden imaginarse la hecatombe que produjo el anuncio del mandatario yanqui entre propios y extraños. Y es que Jerusalén ha sido desde hace siglos objeto de disputa religiosa por las tres confesiones monoteístas más importantes del mundo: judaísmo, cristianismo e islamismo, cada una de ellas representadas por incontables intereses que superan lo meramente religioso.

 

Ese es el meollo del asunto: ni judíos ni árabes quieren ceder un metro cuadrado de territorio de la “Ciudad Santa” si antes no se resuelve para siempre el problema palestino. Ya en 1947 la Asamblea General de la ONU había aprobado la resolución 181 para la partición de Palestina en un Estado judío y otro árabe. En ese contexto, Jerusalén quedaría como una suerte de ciudad internacional, bajo protección de las Naciones Unidas.

 

Pasados 10 años, un referéndum definiría la suerte de Jerusalén para contemplar su destino. Pues bien, en 1980 esta posibilidad quedó trunca al declarar Israel –unilateralmente– a esta ciudad como su capital. Los palestinos hicieron lo propio designando al lado este de Jerusalén como sede de su Estado. En todo este lío, la comunidad internacional se mantuvo al margen, incluido los Estados Unidos… hasta ayer.

 

Al ser reconocida Jerusalén como capital de Israel, los Estados Unidos tácitamente desconocen la autonomía palestina del este de la ciudad, tirando a la basura años de aceptación diplomática que ninguno de los anteriores mandatarios norteamericanos se atrevió a alterar. Tocar esa sensible parte del conflicto árabe-israelí suponía poner el dedo en la llaga y provocar una escalada de violencia que nadie desea. Hoy, Trump, el alocado presidente norteamericano, mandó por un tubo todo este esfuerzo y se zurró en años de convivencia entre judíos y palestinos.

 

El mundo espera en las próximas horas una escalada de violencia inusitada. Los sectores más radicales del mundo árabe ya han amenazado con destruir a Israel y a su aliado norteamericano. El papa Francisco y todos los líderes del mundo occidental ven con estupor esta decisión que vuelve a poner al mundo en vilo. Es Trump, señores, qué más podemos esperar. Porque lo que digo y escribo siempre lo firmo.