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OPINIÓN | Héctor Ponce: La Academia de Platón

By Joshwel Yañez

September 11, 2018

 

Entre los siglos V y IV a. C. los griegos clásicos afi­naron la educación y hay dos figuras que despuntan como maestros: Sócrates y Platón. Con sus estudian­tes Sócrates dialogaba, se expuso a la crítica e ironi­zaba a cada rato, tratando de despertar ideas nuevas. Reafirmó su máxima «Solo sé que nada sé» después de ir a los pies del Monte Parnaso a consultar sobre la sabiduría al oráculo de Delfos, y fue frugal, pero nunca un santón ascético, no condenó los placeres y aceptó con gusto la buena mesa, el buen vino. Fue un maestro socarrón, ingenio­so, un valiente soldado en el campo de batalla y valiente en la vida polí­tica, pues, sentenciado a muerte por una asamblea de ciudadanos durante el régimen del terror de los Treinta Tiranos, no huyó de Atenas.

Se dice que el asesinato de Sócrates hizo que Platón desconfiara de la democra­cia, y viajó al volcán Etna donde se había suicidado Empédocles. Allí conoció a pitagóricos y fue invitado a la corte de Siracusa del tirano Dionisio I. Rechazó el jolgorio y festines, y el tirano lo apre­só y lo entregó al espartano Pólide para que lo vendiera como esclavo. Platón casi fue ejecutado en Egijna, pero fue rescatado por un griego (Anicérides) que lo compró por 20 minas y lo devolvió a Atenas, y, en las afueras de la ciudad, en un bosquecillo cuyo santuario era dedicado al héroe Academo, fundó la Academia, en cuyo dintel se leía «Que no entre nadie que no conozca la geometría». El objetivo de la Academia era formar amantes del saber que pudieran ser hombres de Estado, rectores de las polis. Se enseñaba gimnasia y músi­ca, matemáticas y filosofía, pero era prohibida la lite­ratura que Platón rotuló de inmoral cuando en ellas los personajes malvados triun­faban y prohibió también a los flautistas. Defensor del gobierno de los mejores, en teoría, al final de su vida Pla­tón fue nepotista: le entregó la dirección de la Academia a un torpe sobrino (Espeusi­po), en lugar de entregársela al mejor de sus estudiantes, Aristóteles.

En el siglo XX el filósofo Whitehead dijo que la his­toria de la filosofía puede comprenderse como notas a pie de páginas de Platón. La observación buscaba ha­lagar a Platón, pero puede ser el acta de defunción de la filosofía universitaria. Primero, porque las ideas de los sofistas y los cínicos, de los hedonistas, los epicú­reos y los estoicos saltan con garrocha a Platón. Filósofos que justo se interesaron en romper el miedo a los dioses, filósofos independientes y críticos del poder, filósofos interesados en saber disfru­tar de la vida terrena.

Y segundo, si la filosofía son notas a pie de página de Pla­tón, sería el ejercicio de caca­túas repitiendo La República, una obra que avala el totali­tarismo. Ese libro solo pudo ser idealizado ahí donde hay lectores sumisos o lec­tores abiertamente fascistas, pues Platón, en nombre del colectivismo, avaló que el gobierno censure y adoctri­nara, aplicara la eugenesia y pautó y reguló la cópula hu­mana, y en sus fraseos hasta parece prohibir la risa. Todo esto bajo una estructura pi­ramidal donde el rey sería un filósofo… En esa república, además, solo se enseñaría la filosofía de Platón y, en clave de sinceridad, se pre­guntó cómo someter a la población sin que hubiera posibles revueltas. Fácil: enterrar a las muchedum­bres en la estupidez y cre­dulidad, hacerlos dóciles y someterlos, y a los rebeldes condenarlos a muerte.

Recordar que Platón fue un nepotista no es una ca­nallada de iletrados, es ver detrás del cuadro, y quienes quisiéramos que la filosofía retome su vuelo crítico, su cauce material, encontra­mos en este detalle un po­deroso contraejemplo, una verruga real, una incómoda carnosidad. En el fondo el nepotismo de Platón destru­ye aquel discurso de Platón de que quien conoce el bien obrará bien.