OPINIÓN | Guido Águila Grados: ¿Involución mundialista?

Los medios de comunicación social deben colaborar con el Estado en la educación y en la formación moral y cultural.
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La noticia propalada el jueves 31 de mayo respecto a la habilitación de Paolo Guerrero por parte del Tribunal Federal Suizo para jugar el mundial de Rusia cayó sobre una fría mañana de invierno haciendo que todo un país se caliente de la emoción. No es para menos. Una ilusión personal engarzada a la de toda una nación que pedía una chance, al menos para asistir –equipo e hinchada– al más importante torneo internacional FIFA después de 36 años.

Sin embargo, hemos advertido que mientras se resolvía el caso Guerrero en los tribunales deportivos, también se intentaba averiguar en forma paralela la incógnita de su habilitación por métodos poco convencionales como la adivinación, promocionado por algunos medios de comunicación. Quién acertaba y quién no se ha convertido en uno de los tantos debates que los medios colocan en la agenda nacional. Y este es solo un ejemplo. La libertad de los sectores empresariales ligados a las comunicaciones para la emisión de las señales de televisión, radio, etc., es completamente legítima, pero resulta necesario también hacer una reflexión del papel que cumplen en favor de los peruanos.

Los medios de comunicación social deben colaborar con el Estado en la educación y en la formación moral y cultural. Así lo señala textualmente en su artículo 14° la Constitución Política del Perú. Esta disposición constitucional nos hace pensar sobre el cumplimiento de este rol por parte de los medios. Los estudios y sondeos de nuestra educación, moral y cultura no son nada alentadores. Aquí podemos identificar a varios responsables: el Estado, la familia y la sociedad. Jalón de orejas para las instituciones públicas y para nosotros desde casa. Pero también es necesario un llamado a la autorregulación de los medios en favor de la nación. Ellos también son responsables.

Las sociedades contemporáneas adictas –por su lado oscuro– a las nuevas tecnologías de información y comunicación (TIC) están llevando a nuestra niñez y juventud a dejar de lado determinados estándares básicos que llevaron a la evolución del hombre moderno: la inteligencia.

Escuchar una conversación de personas de cualquier edad sobre quién le fue infiel a un personaje de la farándula, saber si el concursante de moda puso más vasitos que el otro o poner sus esperanzas en las predicciones para que Paolo juegue el mundial, son claros síntomas de un retroceso escandaloso.

A este ritmo nos estamos acercando a aquellas realidades apocalípticas de algunos films como Fahrenheit 451 de 1966 donde leer libros era prohibido y por ende debían ser quemados. Reflexionemos sobre este fenómeno de involución de tamaño mundialista. De lo contrario, las próximas generaciones no estarán en condiciones de luchar por sus derechos fundamentales.

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