OPINIÓN | Edwin Sarmiento:Cosas de la vida

Murió en su ley. Acompañado por su soledad. Tuvo una vida azarosa. Lo conocí en medio del tumulto después de seis cervezas.

Murió en su ley. Acompañado por su soledad. Tuvo una vida azarosa. Lo conocí en medio del tumulto después de seis cervezas vacías sobre una mesa, en un bar casi de medio pelo que se llamaba Pilsen, muy cerca del Diario Marka, en Jesús María. Entonces, éramos reporteros y él era más activista y de armas tomar. Esa tarde pensé que era loco, porque al hablar, dejó en la mesa muchos sueños, casi ilusiones en verdad. Utopías, diría Paco Landa. Quería una patria libre.

Eso soñaba. Buscaba que todos leyeran poesía. Eso quería. Pedía seguir tomando. Todos estábamos de acuerdo. Me lo presentaron como Darío Hum. Después supe que era Mario Hoyos. El camarada es un contumaz trotskista, me dijo casi gritando Paco Landa, como halagando su pasado. Y fue un buen cuadro del trotskismo internacional. Se tejieron muchas leyendas sobre él. Lo conocí como periodista. Era, sin embargo, un fino orfebre, artesano que, además, era poeta.

Sus manos daban forma a finos acabados en oro, plata y otros metales. Decía representar a los obreros pobres, a quienes te levantaban edificios para no subir más a sus ascensores, porque les serían negados después por sus dueños. Y se mandaba de lleno a cantar la Internacional, sin importarle estar en el bar Pilsen o que el toque de queda militar nos impidiera salir, después de las nueve de la noche, muy a pesar nuestro.Así fue que un día demostró su poder de persuasión frente el historiador Sinesio López, quien, a la sazón, era director del Diario Marka, el único periódico serio que la izquierda tenía en el Perú, allá por los años 80. El diario defendía a la clase obrera nacional y a su derecho de llevar una vida digna, con buenos salarios incluidos.

Pero sus periodistas eran maltratados, las veces que les adeudaban sus salarios, que les impedían llevar una vida digna. ¿Y cómo era la nuez? A Sinesio le ardían las orejas por el rico raje de sus periodistas. Su abnegada madre, había sido reemplazada por aquella mujer del oficio más antiguo, que brotaban de los labios de iracundos trabajadores, de purita rabia que tenían. En estas circunstancias, de días impagos y desesperanza, Mario Hoyos se presentó un día cargando un perro muerto que lo dejó caer en el escritorio del director. “Así terminan los hombres injustos”, rugió. Y exigió el pago inmediato de su salario y el de sus compañeros. Sinesio palideció una eternidad y apenas repuesto, ordenó que sus trabajadores pasaran por caja, hecho que celebramos, jubilosos, conocida la proeza.

El poeta Alfredo Pita recordó desde París a Mario Hoyos, el de la risa estentórea: “Ha muerto, el cinco de octubre, un camarada, un amigo, el inolvidable Mario Hoyos. Defensor de los derechos de los trabajadores y combatiente de la justicia irreductible, al punto que participó en acciones armadas y que pagó por ello años de cárcel en El Frontón. Fue un trotskista contumaz, de una improbable corriente adicta al humor y la carcajada. Fuimos compañeros en los días movidos de El Diario Marka. Mis recuerdos de Mario siempre serán cálidos y risueños”, dijo. Un día, en las redes, publicó él mismo que había muerto. Sólo era para saber qué amigos hablaban de él y quiénes le cubrían de elogios. Así fue Hoyos, el orfebre, el periodista que murió de cáncer, esta vez. Lo recuerdo con el puño levantado, sonriente, nunca de mal humor, eso sí. Y ya no estará más con nosotros.

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