OPINIÓN| Edwin Sarmiento: Cosas de la vida

Con Manuel Scorza siempre me ocurrió algo que no me explico.

Con Manuel Scorza siempre me ocurrió algo que no me explico. Ha sido un escritor a quien admiré en demasía. Fue un amigo mayor que me trató con cariño. Admiré su pluma y su talento. Compartí su vehemencia cuando condenaba, agitando ambas manos, al imperialismo yanqui, en esos tiempos el principal enemigo de nosotros los jóvenes. La primera vez que lo vi, lo sentí poderoso, con la fuerza de un rayo que parte lo que encuentra en el camino, pero nunca pude escribir nada sobre él. Las ideas terminaban en mi garganta, formando un nudo que no sabía desamarrar. Lo entrevisté hasta en tres oportunidades y no publiqué nada, sin que él me reprochara. Era tanto lo yo que quería decir de él, que no sabía cómo empezar si por su pasado de niño asmático en Huancayo, o su paso por tierras huancavelicanas, siendo escolar o por su militancia política por el cual fue desterrado del país, cuando aún no terminaba sus estudios, o por su condición de ciudadano de mundo, abierto a ideas marxistas, o su tremendo alegato en defensa de los campesinos pobres de Cerro de Pasco, a través de sus cinco novelas que integran su ciclo de La Guerra Silenciosa: Redoble por Rancas, Historia de Garabombo el Invisible, El jinete insomne, Cantar de Agapito Robles y La tumba del relámpago. O hablar de él como el gran poeta que también lo era, Premio Nacional de Poesía en el Perú. No sé.

Hace unas semanas viajé a Cerro de Pasco. Al recorrer por esos parajes, me fue inevitable recordar a Scorza. Ahí estaba Yanahuanca, en cuya plaza el enigmático juez de primera Instancia, don Francisco Montenegro, dejó caer una moneda de a sol que nadie lo tocó por los 12 meses siguientes, hasta que él mismo lo encontró. Así fue cómo el escritor inició la primera de sus novelas, Redoble por Rancas: “Por la misma esquina de la plaza de Yanahuanca por donde, andando los tiempos, emergía la Guardia de Asalto para fundar el segundo cementerio de Chinche, un húmedo setiembre el atardecer exhaló un traje negro. El traje, de seis botones, lucía un chaleco surcado por la leontina de oro de un Longines auténtico. Como todos los atardeceres de los últimos treinta años, el traje descendió a la plaza para iniciar los sesenta minutos de su imperturbable paseo”. Se trataba del doctor Montenegro. A Manuel Scorza le pasó de todo en su vida, como a los personajes de sus novelas. Exiliado en Chile, vendió libros y perfumes; en México, terminó sus estudios literarios, escribió mucho, pero nadie le daba bola, porque los críticos eran unos señoritos que no pensaban como él. Organizó ferias de libros y echó a caminar, en el Perú, las masivas ediciones de populibros, sin parangón en nuestra historia editorial.

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