OPINIÓN | Edwin Sarmiento: Cosas de la vida

La puerta sigue cerrada. He pasado tantas veces por ella y sé que hay muchas historias allí guardadas. La puerta sigue siendo la misma, pero no el tiempo que ha envejecido.

La puerta sigue cerrada. He pasado tantas veces por ella y sé que hay muchas historias allí guardadas. La puerta sigue siendo la misma, pero no el tiempo que ha envejecido. Detrás de ese madero de cedro solíamos tomarnos unos piscos y conversar de la vida, mientras esperábamos que el reloj diera las tres de la tarde para volar a nuestras salas de redacción. Hablábamos del Perú, lo cual nos hacía importantes. Sufríamos por el Perú, detrás de esta puerta cerquita de Palacio de Gobierno. Al principio, hablábamos despacito, casi susurrando para no distraer a las otras mesas. Después, todos gritábamos a la vez para hacernos oír, qué importa si las otras mesas lo hacían también. Hasta que abandonábamos, presurosos, el local, empujando la puerta que chirriaba de aburrimiento. Alejandro Borboy era el más entusiasta. Le decíamos don Jano. Siempre con la chispa a flor de piel. Decía que él era así, porque sus ascendientes negros nunca le anduvieron con remilgos para la alegría. Era el mayor de nosotros y trabajaba en un vespertino. Igual de conversador era don Bernardino Julián Arrieta del diario de la derecha peruana, como él mismo lo celebraba. En el otro extremo de la mesa se sentaba don Ricardo, del diario de los banqueros y más acá, casi al centro, me ubicaba como cronista del diario liberal con intereses en la pesca nacional. Algunas tardes se unía a nosotros Huguito Vallejos, de la prensa decana del país. Fue así, durante años, si sumamos los recuerdos.
En segundos el pequeño bar se llenaba de humo mientras que don Jano advertía que la primera ronda le pertenecía. La segunda será mía, agitaba Bernardino. Y cuando alguien se apuntaba para la tercera, habían dado las tres de la tarde, hora de partir. ¿Les parece si nos tomamos la del estribo?, preguntaba Jano. Esas tardes sufríamos imaginando que flotas inglesas hundían buques de la Armada argentina en la guerra de las Malvinas. Y nos sentíamos orgullosos del presidente Belaunde por haber apoyado al país hermano con diez aviones Mirage, más misiles tierra-tierra y tierra-aire. Carajo, eso es solidaridad latinoamericana, repetía Bernardino, mientras golpeaba la mesa de puro contento. Hablábamos de todo, pero ninguno compartía la primicia que llevaba bajo el brazo. Reíamos al recordar que, dos años atrás, Belaunde había dicho que los terroristas eran solo unos abigeos que andaban asustando en las alturas de Ayacucho. El arquitecto vive, como siempre, en su nube, recuerdo que dijo, bajito, don Ricardo. En el bar del jirón Junín, a media cuadra de Palacio de Gobierno, disfrutábamos a rabiar.
Cuando le entrábamos al debate, las palabras rebotaban por las paredes, como ráfagas de metralleta. Dos años antes, SL le había declarado la guerra al país en la comunidad ayacuchana de Chuschi, dejando más muertes que en toda nuestra lucha por la independencia o durante la guerra contra Chile. Y cómo no celebrar la humillante derrota que el Perú le dio a la selección francesa, en su propia cancha, aquella tarde lluviosa del 82. Éramos grandes en todo. Discutimos si Uribe fue mejor que Platini o si el remate de Juan Carlos Oblitas, que selló el gol del triunfo, fue sencillamente espectacular. Miro la puerta, me quedo mirando y no se abre. Yo sé que algo de mí agoniza detrás de ese madero de cedro. ❖

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