28 May, 2017

OPINIÓN | Daniel Parodi: sensibilidad pisquera

El nacionalismo vive en el subconsciente pero se manifiesta en el consciente y el caso del pisco es ejemplificador.

Por Daniel Parodi

Estoy leyendo Percep­ción y geopolítica en la relación entre Chile y Perú, del internacio­nalista chileno Lester Cabrera. Su primer capítulo desa­rrolla los principales tópicos de la geopolítica crítica que se opone a la tradicional. Esta última define los estados como sujetos racio­nales cuyas decisiones también lo son. La primera, en cambio, reconoce el elemento subjetivo presente en los actores y entes de­cisores de la política exterior de un Estado.

Este marco teórico tiene entre sus presupuestos a la geopolítica popular, que es la manera como los hombres y mujeres de a pie perciben al propio país, a los veci­nos, y las relaciones entre ambos. Sobre esto, he señalado con reiteración que el Perú y Chile tienen mucho pan por rebanar. Lo señalé cuando la controversia por el caso del espionaje chi­leno descubierto en 2015. Entonces dije que, lejos de entender esta actividad como algo común entre los Estados, resultaba sustantivo evitarla entre dos países que, precisamente, están buscando superar la recíproca suspicacia.

Con el pisco pasa lo mismo. La denominación de origen la tenemos ambos países, situación que, per sé, es favorable a Chile cuyos principales especialistas en el tema reconocen el origen peruano del refinado aguardiente. Pero la doble deno­minación es una cuestión que, a estas alturas, es bien comple­jo revertir por lo que pensar en formas imaginativas de explo­tarla podría resultar de mayor provecho para las partes.

Al respecto, poco ayuda el pro­teccionismo que aplican Perú y Chile sobre su pisco desde 1995 y 2000, respectivamente, y que se sitúa a contracorrien­te de la oleada de integración e interdependencia comercial que iniciamos bilateralmente promediando el advenimiento del nuevo milenio. Al contrario, permitir la oferta del pisco pro­pio en los mercados del otro país desataría una competen­cia leal y la sensación de que so­mos capaces de intercambiar inclusive un producto que, a ambos lados del punto Concor­dia, involucra orgullosos senti­mientos patrióticos.

Si, per se, el impedimento de comercializar pisco con la de­nominación que le es propia es una medida que se sitúa a contracorriente de la integración comercial, parece todavía más arbitrario que los productores chilenos aprovechen ser la sede de un concurso internacional del aguardiente para ve­tar la participación de piscos peruanos y posicionarse como el único país productor de la espirituosa bebida.

El nacionalismo vive en el subconsciente pero se manifiesta en el consciente y el caso del pisco es ejemplificador. Mientras más tomemos conciencia de cómo nuestras recíprocas per­cepciones se convierten en políticas que nos separan, más po­dremos evitarlas para así potenciar la integración entre dos países que se necesitan mutuamente.

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