OPINIÓN | Carlos Trelles: La imposibilidad conciliatoria de PPK

PPK plantea olvido y perdón, pero genera rencor y convulsivos recuerdos...
PEDRO PABLO KUCZYNSKI DE ALIANZA PARA EL GRAN CAMBIO SE REUNE CON KEIKO FUJIMORI DE FUERZA 2001 PARA LA FIRMA DE UN COMPROMISO PARA LA DEMOCRACIA

Por Carlos Trelles

Pedro Pablo Kuczynski no tiene la pulcritud moral ni el peruanismo necesario para llevar a cabo la delicada gestión de la reconciliación nacional.

Tiembla frente a la mayoría fujimorista que hoy está contenida luego del trágico fenómeno El Niño, y que muy pronto le volverá a mostrar los colmillos. Teme porque es casi indiscutible su conocimiento de las corruptelas de Alejandro Toledo cuando fue su ministro. Y sabe que esto puede implicar vacancia.

No entiende que el injustificable fanatismo criminal de los terroristas fue resultado de 300 años de esclavitud colonial y casi dos siglos de violencia e infamia contra el mundo rural. No comprende que esa enfermedad debe curarse con sabiduría de gobierno, jamás desconociendo el humano rencor del otro.

Su cálculo simplista contempla dos adversarios: uno sin poder (las víctimas mortales de la violencia) y otro que lo condiciona a partir de su muy probable complicidad pasiva con Toledo, una malintencionada mayoría congresal, y un importante porcentaje de ciudadanos que consideran que los crímenes del fujimorismo respondieron a la delicada situación política en la que nos encontrábamos.

En ese esquema, PPK decide obviar a los primeros y comprometer públicamente a los segundos. Lo hace con una discutible condecoración de heroísmo democrático, una mención a los Fujimori que sugiere virtudes y un proyecto de ley que mejora las condiciones carcelarias del expresidente preso.

Corresponde una mirada bastante más humanista: todos las partes del conflicto son, de algún modo, víctimas de nuestra infortunada historia. Muchos murieron sin culpa (los caídos civiles y sobre todo los campesinos), mientras otros tienen un altísimo grado de responsabilidad directa en los crímenes: los aparatos represivos del Estado y los terroristas en indiscutible primer lugar. Es injusto y contraproducente simplificar esta realidad.

PPK debería, primero, garantizar la reparación de las miles de víctimas civiles –mayormente rurales– y en nombre del Estado convocar a toda la clase política para pedirles perdón. Y luego, en dicho consenso altruista, abrir un debate sobre si la gobernabilidad democrática puede demandar, a veces, flexibilizar las condiciones carcelarias de un expresidente que cumple condena por complicidad criminal. El indulto, obviamente, no cabe.

El presidente está imposibilitado de hacer esta convocatoria peruanista, conciliadora y republicana, pues podría enfurecer a sus reaccionarios oponentes, y carece de pulcritud moral para defenderse.

PPK plantea olvido y perdón, pero genera rencor y convulsivos recuerdos.

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