OPINIÓN | Borka Sattler: José Ruiz Rosas y el intenso vivir

Los altibajos son cosas fortuitas / y apenas variantes, de la cuna / a la tumba, en placeres como en cuitas’ (Diálogo a solas, 1971–1982)

José Ruiz Rosas, artista dis­tinguido de la poesía pe­ruana, perteneciente a la notable generación del 50, dejó las controversias de este mundo para dar un paso a la eternidad.

Su obra se guarda y se que­da para siempre en el cofre de la memoria, donde per­manecerá vigente cuando uno quiera acudir a la belle­za de la palabra, que borra la incertidumbre y los abis­mos en el discurso del diario vivir. Todo lo material tiene un fin, pero el hombre está hecho de una combinación perfecta: el cuerpo vulnera­ble y el espíritu inmortal.

Eso que llamamos alma, espíritu, o ingenio no tiene modo de morir, siempre es­tará latente en las partículas del entorno que le tocó vi­vir, y más aún si perteneció a alguien que expuso sus pensamientos para cola­borar en el sentimiento de los demás. Heladas y calores de la ciudad del sillar.

Conocí al poeta cuando tuvo a bien presentar en Arequipa mi primera novela Doña Tránsito Abril (1997), un personaje controvertido del que me enamoré, pues repre­sentaba la fusión de la gente que piensa y de la que se deja llevar por la sociedad. Oscila­ba entre una y otra vereda, la justicia y lo que no se debe dar. En aquella ocasión, el poeta se concentró en identificar a mis personajes de ficción con arequipeños reales de carne y hueso. Causó todo un revuelo.

José Ruiz Rosas nació en Lima en 1928, pero desde los años cincuenta radicó en Are­quipa donde formó su familia y desarrolló su obra poética. Incansable promotor de las manifestaciones culturales. Fue director del Instituto Na­cional de Cultura en Arequipa y dirigió la Biblioteca Pública en la ciudad del Misti.

Nos ha adelantado en el ca­mino de la vida el 29 de agosto último, mes que se celebra la fundación de ese querido de­partamento del Perú.

Su obra literaria se manten­drá en el Olimpo poético ya que sus versos evocan la ple­nitud, exaltando con la estética de la palabra el extracto del ser.

“Yo ya no tengo soledad: la noche / ha descendido en mí como una esfera / con abis­mados puntos cardinales /echados a volar por las es­trellas” (La sola palabra. Los elementos, 1968–1976).

La pureza de la poesía de este autor se va descubrien­do durante su larga vida y con su palabra se trasciende a cu­brir vacíos donde la fantasía se va acabando para llegar a la realidad. El rigor de su decir, la emoción de sus versos, la proyección de su tradición en su lúcida concepción de la existencia, abruma.

“El rostro así de luz atormenta­do / calla todo el orgullo, tenso y tuerto; / las ánforas de vida, en un desierto / se van introduciendo, clausurado” (Arakne, 1972).

El poeta cumplió con su deber de darnos sus razona­mientos de valores y roman­ticismo por lo bello que es vivir a pesar del sufrimiento.

Ese cofre de memoria siem­pre estará abierto, donde rebuscaré los versos de este poeta limeño y arequipeño.

“Los altibajos son cosas for­tuitas / y apenas hay varian­tes, de la cuna / a la tumba, en placeres como cuitas” (Diálogo a solas, 1971–1982).

Qué más puede uno decir de los que nos adelantan, adiós y nos encontraremos en la eternidad.❖

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