OPINIÓN | Antero Flores-Aráoz: Sistemas electorales

Hay sistemas en que se elige por separado al titular y al suplente.
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Usualmente para determinar quién o quienes presiden gobiernos, sean nacionales, regionales o locales, la cosa es pura y simple, se lleva el cargo quien obtuvo el mayor número de votos. Puede ser porque se alcanzó en primera vuelta una importante mayoría, o porque se requirió de un segundo proceso para superar el mínimo de votación necesaria.

Se dan casos en que se elige en fórmula, que comprende al titular en conjunto con quienes puedan sustituirlo. Hay sistemas en que se elige por separado al titular y al suplente.

Lo expresado es simple, pero se convierte en complejo cuando a quienes se tiene que elegir son a los parlamentarios, a los consejeros regionales o a los regidores, pues se trata de representantes ante cuerpos colectivos, en que democráticamente se da presencia a las minorías y no solo a la mayoría.

Si fuera tan elemental como que todos los cargos los ocupa la primera fuerza electoral, no hemos dicho nada, pero si hay representación de otras fuerzas que no llegaron a ser la mayoría elegida, entonces hay que buscar algún sistema electoral que genere equidad. Esto se agrava en complejidad cuando existen cuotas de género, juvenil, ocupacional o también de poblaciones originarias.

Hay de los más variados sistemas electorales para la distribución de curules, entre otros, el método danés, el St. Laguë y el D´Hondt, estudiados en profundidad por Dieter Nohlen, quien se inclina por el último de ellos llamado también de la cifra repartidora, que desde hace más de medio siglo utilizamos en el Perú.

La lógica dice que si un Partido obtuvo en contienda parlamentaria 37% de los votos, debería tener en el Congreso 37% de los escaños.  Si obtuvo el 13.8% de los votos, su fuerza tendría que ser del 13.8% de los escaños. El problema estriba que la proporción no es exacta y en consecuencia hay que buscar que la fórmula se acerque a lo más proporcional posible.

La cifra repartidora es complicada de aplicar.  Se determina el total de votos válidos de cada lista en el respectivo distrito electoral y se divide según el total de escaños a elegir.  Los cocientes se colocan de mayor a menor hasta tener un número igual al número de cargos por repartir, y el cociente que ocupe el último lugar resultará ser la cifra repartidora.  El total de votos válidos de cada lista se divide entre la cifra repartidora y con ella se determina el número de “asientos” que tendrá cada lista.

Como vemos es complicadísimo el tema, y se complica más con distritos electorales múltiples, pues al aplicar el sistema se privilegia por saldos a los grupos de mayor votación.  En distrito único la cosa es más proporcional.

Un solo ejemplo de la desproporción lograda en el sistema mencionado en las últimas elecciones.  Quién tuvo el mayor número de votos consiguió el 36.34% del total, que en fórmula matemática pura debería tener 47 parlamentarios pero por la cifra repartidora logró 73.  Algo anda mal, y es un tema a estudiarse en la reforma electoral.

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