OPINIÓN | Ántero Flores-Áraoz: Sin confundir, es sensibilidad

“La grita generalizada va por la imposición de la pena de muerte a tales delincuentes, como si ella fuese disuasiva, pero olvidando que nuestra Constitución no la permite, salvo por delitos de traición a la patria en guerra y el delito de terrorismo…”

Por Ántero Flores-Áraoz

Recientemente fue violada y asesinada una niña, Jimenita. El hecho ocurrió en San Juan de Lurigancho.

Las imágenes sobre el luctuo­so y trágico episodio, nos lleva a tres reflexiones, adicionales a la repugnancia que genera que depravados que aparentan normalidad, puedan estar suel­tos en las calles haciendo lo que les da la gana, perpetrando delito de violación, seguido de homicidio incalificable, y enci­ma con la maldad de tratar de ocultar el hecho quemando el cadáver de Jimenita.

La primera reflexión es la falta de prevención confundida con deficiencias en la educación, que hace que sujetos de mal vivir cometan abominables delitos, y que además los fami­liares de las posibles víctimas en algunos casos omitan el cuidado necesario de sus menores hijos.

La segunda reflexión, es la facilidad de mostrar indigna­ción, clamando por la elevación de penas a violadores, sobre todo de menores, y peor cuando la violación es sucedida por cegar la vida de las víctimas. La grita generalizada va por la imposición de la pena de muerte a tales delincuentes, como si ella fuese disuasiva, pero olvidando que nuestra Constitu­ción no la permite, salvo por delitos de traición a la patria en guerra y el delito de terrorismo, pero en este último caso aun no incorporada a la legislación penal nacional.

También en relación con la pena privativa de la vida, no se toma en cuenta los tratados internacionales de los que el Perú es parte, como la Convención Americana sobre Derechos Humanos.

Tal Convención es abo­licionista e incluso a los países que aún tienen pena de muer­te, no les permite ampliarla para otros delitos.

Pero lo más importante para no incorporar otros delitos a la mortícola sanción, es que se atenta contra uno de los objetivos de la pena, como es la resocialización del condena­do. A un muerto es axiomático que no se le puede resocializar. Por último, en caso de error ju­dicial en la condena, ello no se podrá rectificar ni reparar.

La tercera reflexión, es en relación con la actitud de la presidenta del Consejo de Mi­nistros, Mercedes Aráoz, quien sensibilizada por el caso, cuan­do se encontró con la madre de la menor ultrajada y asesinada, se quebró. La prensa la vio llorar y las imágenes fueron difun­didas en diarios y en la televisión. Hasta aquí nada hay de raro, una mujer hecha y derecha simplemente se echó a llorar, ello porque estaba conmovida por el caso, lo que demuestra pro­funda sensibilidad que hay que destacar y rescatar. Empero, hubo comentarios descomedidos que implicaban burla a una expresión de sensibilidad y solidaridad en conjunto.

No se trata de ningún lloriqueo mediático como algunos han insinuado, tampoco la primera ministra es una plañide­ra de profesión, se trata de un ser humano, que ante lo acon­tecido se conmueve y se manifiesta en un sollozo que sale del alma. Repito, es un ser humano y punto.

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