Lumpenenses, la marcha de los insectos

“Las personalidades están muy cerca de ser maniqueas. Se nota el esfuerzo por no presentar personajes así tan gruesos en la multiplicidad de historias que se presentan".
Lumpenenses, la marcha de los insectos Lumpenenses, la marcha de los insectos

Alejandro Alva es un prometedor dramaturgo. Además de conocer la movida escénica contemporánea, revisa críticamente las líneas por donde discurre la fibra escritural. Con Cacúmenes (2008), ganadora del IX Festival del ICPNA y dirigida por Emilram Cossío y Haysen Percovich, perfectos intérpretes de su espíritu de irónica critica a la modernidad, había mostrado un atrevimiento y creatividad comparable a Aldo Miyashiro cuando empezaba su carrera con Función velorio (2001) y Los hijos de los perros no tienen padre (2002) –aunque a éste ya lo hemos perdido totalmente para el teatro–.

Es decir, Alva, tenía un proyecto bizarro, urbano, cáustico, de fulgurante oscuridad. Con esos antecedentes, la propuesta actual no desentona en su guion. Primero por el tema. La épica marcha de los cuatro suyos (2000), en cuyos márgenes se activa esta obra, ha quedado instalada en la memoria colectiva como el ejercicio supremo de la responsabilidad ciudadana y el hartazgo colectivo a la dictadura fujimontesinista. Más allá de la raigambre política, significó también un quiebre respecto a la complacencia o temor para derrotar al régimen autoritario. Es decir, el inicio, aunque fallido, de una regeneración moral.

Justamente por esa esfera ética es que el autor bordea. Para ello pone a los actores en situaciones donde se confronta el cinismo encarnado, la hipocresía descarada, la doblez instalada, contra un intento de rebeldía sanadora. Una batalla entre el mal imperante y los restos de bien, sobrevivientes y al borde de la extinción. Dividida en escenas que van trenzándose, la tensión del enfrentamiento de la degeneración moral, política, social y sexual intenta ser contrarrestado por ese esfuerzo terapeuta. Hay algo de inocencia y candor. Es como si la buena voluntad por sí misma engendrara trincheras de bondad. Sabemos que en el Perú ello no es posible. Todos tenemos un gen de maldad, por lo menos, no somos necesariamente buenos. Esos claroscuros, esos matices de nuestro comportamiento son más bien difusos. Lamentablemente las personalidades están muy cerca de ser maniqueas. Se nota el esfuerzo por no presentar personajes así tan gruesos en la multiplicidad de historias que se presentan.

Tal vez allí está la dificultad. Está más cerca de ser un galimatías que la coexistencia de historias paralelas. El sinuoso periodista (José Peláez), seguro inspirado en el camaleónico Nicolás Lúcar, es contrapuesto a la osadía juvenil de la aspirante a reportera (Lucía Ruíz). Lo sibilino le brota. Ruíz necesita creer más en su talento y energía. Guiselle Collao había estado notable como escritora confundida en El otro lado (2017) pero como policía con signos de arrepentimiento, además de los disforzado de su andar callejero (un poco de Lavoe y visitar el Callao, ayudaría), es difícil de aceptar. Cheli Gonzales Vera tiene buen ritmo actoral y asume la tortura de un pasado que no ha resuelto. Sin embargo, el beso fallido con Collao, es incoherente con su liberación psicológica previa. Solo con esa acción se desmorona la evolución lograda. Sylvia Majo tiene un tono de voz particular que con una actuación muy natural convierte a su personaje en un prototipo. Verla actuar nos obliga a tener alerta los sentidos.

Es notable como desmenuza a su conviviente el fotógrafo (Claudio Calmet), que hace un rol secundario ante esa andanada de imprecaciones. Es de las mejores escenas.  Es efectivamente, una política, incluso en el pacto de desmemoria con el trajinado periodista. El viejo profesor izquierdista gay (Carlos Acosta) actúa de oficio, su presencia garantiza la corrección de los movimientos escénicos. Y representa la doble moral de los progresistas de izquierda. Usufructúa sexualmente a un joven ambulante (Jorge Bardales), vendedor de CD en el centro histórico. Aquí el casting no calza.

Alva, que estudió en la Universidad Villarreal, por lo tanto, asiduo al perfil del comercio ambulatorio, conoce bien que el tipo apolíneo es inexistente en el comercio pirata. Pero más allá de esa descaminada selección del actor para el personaje, está la sorprendente transformación revolucionaria. Acostumbrado a la sumisión y el regateo, este joven se suma a la marcha por la lucha de sus derechos. Pero, nada de lo previo indica esta metamorfosis ideológica. Es decir, el espléndido escritor Alva, como director, tiene que pensarlo. Es difícil hacer con eficacia esos roles, pocos lo logran. Tiene que decidir.

 

 

FICHA

Dirección y dramaturgia: Alejandro Alva.

Elenco: Sylvia Majo, Carlos Acosta, Claudio Calmet, José Peláez, Cheli Gonzáles, Lucía Ruiz, Giselle Collao, Jorge Bardales.

Lugar: Auditorio del Centro Cultural Ricardo Palma, Av. José Larco 770, Miraflores.

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