Los charcos sucios de la ciudad

“La presencia de la muerte no es para nada rara en este país. Han pasado muchos años y la muerte sigue gobernando, despiadada, sanguinaria, insaciable".
Los charcos sucios de la ciudad Los charcos sucios de la ciudad

Esta obra de Mariana de Althaus (1974), es ya una de las que más se reponen en diversos estilos y con subrayados particulares en las puestas. En el 2001, cuando aparece, la pulsión tanática en la megaciudad que es Lima, bullía por todos lados. No era extraño pensar en la muerte como un acto cotidiano. Salíamos de una de las autocracias más corruptas y apenas reflexionábamos sobre la violencia política. Bajo ese contexto, esta obra describe un acontecimiento juvenil sobre el suicidio y las reacciones de su círculo cercano. La presencia de la muerte no es para nada rara en este país. Han pasado muchos años y la muerte sigue gobernando, despiadada, sanguinaria, insaciable. Es por eso que la temática, aunque íntima, recuerda nuestra absoluta fragilidad para el quiebre de la vida. En esta ciudad, sabemos los que la habitamos, casi no tenemos la certeza que seguiremos respirando al día siguiente.

Una caterva de personajes alrededor del mediocre pintor suicida da pie a una serie de retrospectivas que van dibujando y develando la zona gris del suceso. Justamente la diferencia de la hermenéutica del texto la pone el director. En manos de Haysen Percovich, el ritmo se vuelve trepidante. Esto es coherente con la huella directriz de sus anteriores propuestas. Es un urbanitas que entiende esa amalgama psicológica contemporánea y más en las monstruosas ciudades como ésta. Por eso los actores están pauteados para contener la respiración en las escenas y girar rápidamente a situaciones suspendidas previamente. Requiere una buena dosis de manejo mental. Pero también exige un acoplamiento perfecto para hacer verosímil la tragedia y lo que desencadena.

El vértigo actoral no debe obnubilar la densidad mínima del personaje. Allí comienzan las brechas. A pesar del buen casting físico para elegir al artista plástico (Flavio Giribaldi), su desarrollo actoral es sobrepasado por Andrea, su pareja (María del Carmen Sirvas), quien aplasta el desempeño de su par. Cuando debería ser al revés:  más encantador, persuasivo, hipnótico. Es decir, capaz de convocar, a su orden, a quien quiera. Solo así puede explicarse la llegada innegociable de todos ante su convocatoria. Debe ser amado, admirado, deseado. Pero el personaje no proyecta eso. Se nubla. Tampoco tiene la extraña melancolía de quien va a morir planificadamente. La seguridad absoluta del final. Ese brillo oscuro antes del fin está ausente. Sirvas, en cambio, fascina. Su belleza es angustiante. Sus ojos transmiten la incertidumbre como un close up teatral. Su corporeidad define la coreografía tanto del dolor repentino como la travesía a la culpa.

Hay dos personajes cuya presencia hace girar el tono de la puesta. Juani (Henry Sotomayor), es un drugo (a la manera de La Naranja Mecánica de Kubrick) con lleca, maleao y con la lealtad barrial a borbotones, además de proveedor de trago y drogas a la gentis. Más allá de la jerga noventera (cuñao, trip, jateando), su performance es imperdible. Le pone el chillido preciso y la presencia necesaria para recordarnos los infiernos del cual provenimos. Hay un trabajo introspectivo que se nota y su actuación controla parte de la puesta. Otro actor, El Insecto (Emmanuel Caffo), tiene una labor disruptiva. El dejo selvático, música de los márgenes, coloca la impronta de su procedencia también de los bajos fondos y revela las vinculaciones del occiso Gabriel. Aparece exacto para distender las acciones. Cleptómano de los cachivaches, como caricatura bien situada. Un poco de malignidad mejoraría su personaje. Es difícil estar en los abismos y no mostrar el mal.

El trabajo de Magda (Tania López) puede ofrecer mayor osadía, tal como la había mostrado con su personaje manipulador en Marea roja (2017). La escena donde regresa a contarle a Andrea que ella también había pasado por desgracias parecidas es innecesaria. Esa lectura ecuménica del asunto descoloca lo previo. Hace que la desfachatez, la grosería y el cinismo previo sean inútiles. Korina Mejía, como la amante comprensiva, está atada por su personaje. Si David Otazú gritara menos haría que su propuesta tuviera el nervio requerido.

En todo caso, a pesar de estar sin luminotécnico, el elenco salió adelante ante ese imprevisto. Hay futuro en las nuevas promociones de la ENSAD. Eso debe equilibrar frente a los egresados de las instituciones privadas.

 

FICHA:

Texto: Mariana de Althaus

Dirección: Haysen Percovich

Actúan: Flavio Giribaldi, María del Carmen Sirvas, Juan Gerardo Delgado, Henry Sotomayor, David Otazú, Tania López, Korina Mejía y Emmanuel Caffo.

Lugar: Sala ENSAD “La Cabaña”, Parque de la Exposición, Cercado de Lima.

 

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