KATARSIS | Rubén Quiroz Ávila: Los jóvenes directores: Diego la Hoz

“Hay un conjunto disparejo de directores. La mayoría se ha hecho tal a punta de ensayo y error, salvo algunos que tienen la formación profesional para ser tales"

Todo texto se interpreta. Y en la puesta de escena hay siempre una reinterpretación. Muchas veces adquiere una nueva visión y da giros estéticos sugerentes, otras más bien se atienen a una lectura cercana a la propuesta por el autor. Sin embargo, toda dirección reelabora, con los diversos saberes que adquiere. Entonces, la propuesta es reescrita y, el director, empoderado. Ello le lleva a tomar decisiones inteligentes sobre los trazados escénicos. Además, como arquitecto pensativo, organiza el enfoque, la totalidad que mostrará a los espectadores, su propia perspectiva del mundo. Por supuesto, establecer perspicaces vínculos con todos los recursos requiere una fundamental concentración con quienes lo acompañan: los actores y actrices. Con ellos trabaja usando estrategias múltiples pero muchas veces marcando una metodología que, en todos los casos, debe ser intachable moralmente y a atenerse, siempre, a una ética. Es decir, reflexionar permanentemente sobre los límites de sus técnicas. Como sabemos, hay algunos que han usado como pretexto el uso de métodos extremos para justificar sus insanias y aberraciones. Ello no debe volver a ocurrir. Para la salud de la comunidad teatral siempre hay que promover la autocrítica.

Hay un conjunto disparejo de directores. La mayoría se ha hecho tal a punta de ensayo y error, salvo algunos que tienen la formación profesional para ser tales. Esa disparidad se agudiza cuando algunos escritores o actores también incursionan en el mundo de la dirección. Ello complica aún más la posición ya que muchas veces ellos cumplen a la vez el rol de dramaturgo-director o actor/actriz-director, y hay quienes completan la triada dramaturgo-director y actor. Esas fórmulas suelen ser las menos exitosas. La separación entre los roles no es suficiente. Se necesita un desapego tal que la vanidad quede suspendida. Los intereses entran en conflicto. Salvo que la claridad armonice las difíciles dimensiones. O que se tenga una estupenda distancia entre las tareas comprometidas para la puesta. Es como ser entrenador y futbolista a la vez. Es harto difícil y casi nadie lo culmina con gloria. Por ejemplo, el buen actor Alberto Ísola es terrible como director (he soportado algunas de sus obras que ha dirigido más con la disparatada esperanza que levante la obra, pero fue en vano), lo mismo sucede con Mariana de Althaus cuando dirige. Hay también directores prácticamente perdidos. El caso más emblemático es del mediático conductor Aldo Miyashiro, toda una promesa y un talento esperanzador con No amarás (2000) o Función velorio (2001) que auguraba un futuro promisorio. Ahora está completamente descaminado para la escena teatral. Es un signo del papel devorador y despiadado de la televisión. La realidad una vez más supera el deseo.

Repasemos nuestras expectativas sobre algunos de ellos.

Diego La Hoz (1971), intuitivo, provocador y sin temor a la experimentación. Sus primeras puestas eran sumamente audaces y giraban en torno a proyectos disruptivos. Fascinado por personajes excéntricos, por almas errantes y desfachatadas, por vidas marcadas e insubordinadas como en Las Malcriadas (2000) y La Revolución (2001). Su dirección era completamente subversiva. Luego comenzó a montar obras de dramaturgos peruanos, encontrando así una exquisita tradición que lo llevaría a focalizar críticamente la historia peruana. Los textos de Eduardo Adrianzén o Gonzalo Rodríguez Risco adquieren una apropiada asimilación y una compañía inigualable. Es de ese modo que su última etapa, incluso la que trabajó un divertido y perspicaz teatro infantil, conecta con una palpable preocupación por la peliaguda convivencia peruana. Las obras que dirige, incluso el celebrado País de la Canela (2017), reitera esa búsqueda cada vez más profunda por intentar explicar la enmarañada peruanidad que conformamos. Ello lo ha llevado a introducir en los montajes algunos textos no precisamente dramáticos como La casa de cartón, ese modelo de vanguardismo poético de Martín Adán, o el espléndido ensayo Lima, la horrible de Sebastián Salazar Bondy, que ya por si es un desafío mayor, o contar en escena las aventuras de los héroes culturales como El movimiento Colónida y su modernización de la literatura peruana. Ese atrevimiento permanece y lo hace vigente. Además, La Hoz se ha preocupado en establecer etapas formativas y transmitir sus aprendizajes, para ello ha propuesto diversos talleres de todo orden. Espacio Libre, uno de sus proyectos cooperativos, ha ido en esa línea.

Esperamos que ese honesto compromiso persista y su trabajo por teatralizar nuestros nudos peruanos sea cada vez mayor. No hay vuelta a atrás.

 

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