26 Ene, 2018

KATARSIS | Rubén Quiroz Ávila: La piedra oscura

“¿Qué impide que Ísola elija una obra sobre nuestras guerras y no de la guerra de otros?”.

Alberto Ísola es uno de los gurúes de nuestro orbe escénico. Es importante subrayar su indispensable aporte como formador de nuevas hornadas, además de un activo partícipe de un sinfín de puestas. Por supuesto, como actor, muchas veces alcanza la maestría. Además,  ha incursionado en la dirección teatral. En este caso, la ruta ha sido sinuosa y con relativo éxito, muy por debajo de su trayectoria actoral, incluso. Tengo que aceptar que fui, por sus antecedentes como director, con pocas esperanzas sobre su última puesta: La piedra oscura, una suerte de ejercicio nostálgico de un mundo posible sobre un olvidado amor del asesinado dramaturgo Federico García Lorca. Y, lamentablemente, confirmó mis expectativas. No es un notable director, como lo exige sus credenciales. Hay oficio, seguro. Pero nada brillante. Considero que es un asunto estrechamente vinculado a lo que elige para dirigir. ¿Cómo es posible que una obra sobre la memoria tanto amorosa como histórica que plantea intensamente el premiado texto de Conejero no conmocione? ¿Por qué esa conflagración nos parece ajena, lejana, inane? ¿Qué impide que Ísola elija una obra sobre nuestras guerras y no de la guerra de otros? ¿Qué hace que no observe ni delibere desde nuestras propias tragedias bélicas, de nuestro fratricidio? Tenemos como modelo el notable atrevimiento para recordar nuestro dolor colectivo y toda la pena nacional aún no resuelta tal como fue planteado recientemente por La cautiva de Luis Alberto León y admirablemente dirigida por Chela De Ferrari.

Es decir, tomar el toro por las astas y enfrentarnos a nuestros propios fantasmas. Pero el maestro Ísola prefiere ir por otro lado y no se ha atrevido a tocar las hondas fibras de nuestra memoria colectiva derivada del conflicto armado interno. Es más, a pesar de las múltiples herramientas que tiene para resolverlo, obvia el teatro para hablar de nuestra tragedia propia y reciente. Sin embargo, toca casi siempre las guerras de otros. Es como si no hubiera existido la violencia política peruana. Por lo tanto, esa dificultad conceptual hace que asuma que toda puesta con esa orientación bélica se refiera, acaso, tácitamente a la nuestra. Y para nada es cierto. Las tragedias de otros no necesariamente son las nuestras. La tristeza es local. Por eso la puesta es fútil. Ello explica la inexistencia de una posible catarsis. Uno ve estampas, sombras teatrales sin densidad emocional que conecte con nuestra memoria, ahondada por un comienzo escénico poroso, débil, incierto. Franklin Dávalos, de quien conocemos su evolución desde su trabajo con Bruno Ortiz, está en otra zona actoral respecto al personaje propuesto por Emanuel Soriano. Sin embargo, el espectro sobreactuado de Lorca compuesto por Mario Ballón hace que se noten más las costuras de la obra. Dávalos en Sangre como flores (2009) había confeccionado mejor la personalidad del líder de La Barraca. Este personaje, Lorca, no existe en la obra original de Conejero y su presencia, en esta versión del curtido director, romantiza innecesariamente las escenas y resta poderío también a las palabras terapéuticas.

Es que el texto propuesto por el autor jienense, ambientada en plena guerra civil española, da en el clavo en una España que no ha acabado de reconciliarse y aún le duele su gigantesca herida. Además, la figura del poeta granadino, por la trama de relaciones amorosas fuera del estándar, armoniza su travesía sentimental clandestina con sus giros poéticos, con la batalla ideológica entre republicanos y franquistas, con una España que se parte y derrumba sobre sí misma. Eso explica el éxito de la obra en ese país. Es prácticamente un brutal resumen de su historia contemporánea. Es decir, funciona perfectamente allí. Tiene todos los ingredientes para su brillo.

No obstante, el esfuerzo por sumar acciones artísticas para una pretendida reconciliación en el Perú, ha fallado en esta puesta. Hacer parábolas ajenas no es el camino. Hay que mirar a los ojos al sufrimiento, al mal, a la tristeza. Solo encarando directamente nuestra desdicha colectiva es que podemos empezar a sanar y expiar la aflicción. Y, como sabemos, desde los tiempos fundacionales de la humanidad, el teatro es uno de los vehículos de sanidad y redención más formidables que existen.

 

 

FICHA

Director: Alberto Ísola

Texto: Alberto Conejero

Actúan: Franklin Dávalos, Emanuel Soriano y Mario Ballón.

Teatro de Lucía (Bellavista 512, Miraflores)