KATARSIS | Rubén Quiroz Avila: DIRECTORES: Jorge Villanueva y Mikhail Page

. En la columna anterior planteamos una ruta posible para el ejercicio directoral y comenzamos presentando a uno de los más interesantes: Diego La Hoz

La dirección teatral en el Perú tiene cada vez mejores representantes. En la columna anterior planteamos una ruta posible para el ejercicio directoral y comenzamos presentando a uno de los más interesantes: Diego La Hoz. En ese sentido, hoy continuaremos aludiendo a otros directores de los cuales se espera un desarrollo mayor.

Jorge Villanueva, uno de los fundadores del grupo de teatro independiente Ópalo (1988), ese buen intento de construir pedagogía teatral, aunque sin narrativa escénica consistente. Es decir, más que una filosofía renovadora, planificada o profundamente cuestionadora, se fueron haciendo en el camino, casi al azar. Hay grupos que nacen con una visión clara de su quehacer, tipo Yuyachkani o Cuatrotablas, que fueron laboratorios intensos a nivel reflexivo y fuertemente críticos con los modelos de hacer teatro en el Perú. Sin embargo, hay otras propuestas grupales que son más bien erráticas o van aclarando sus intereses en el recorrido. Por lo menos, Ópalo, le permitió a Villanueva plantear, seguro en trabajo también colaborativo, varias puestas cuyas fronteras avanzaron en la experimentación, aunque algo candorosas, como Sueño de palomas (2001). Aunque ya con Super Popper (2006) de César de María, es que comienza a adquirir una personalidad distinta. Sin embargo, es con Calígula (2014) donde es notoria la línea de su propuesta escénica. Camus exigía un reconocimiento de los abismos humanos y una necesaria travesía del mal y Marcello Rivera respondió brillantemente. Es que el vuelo camusiano requería una metafísica existencialista compleja, la mano del director logró plantear la perspectiva de la malignidad. Frente a ello, el camino estaba marcado. Casa de perros (2017), es hasta ahora la mejor puesta de su catálogo. La necesidad de releer la historia peruana adquiere, con el texto de Juan Osorio, una densidad catalizadora. En esta obra el uso limpio de los recursos escénicos, la belleza de la música entre otros, no fue a la par del desarrollo actoral, que es donde debe trabajar mucho más. La visión de la obra superaba la actuación. En todo caso, estamos atentos a la evolución de su trabajo.

Mikhail Page, a Laberinto de monstruos (2008) de César De María, le da ese tono melancólico y la pérdida de la inocencia tanto a nivel personal como de la historia peruana. De María es un maestro que revisa con mordacidad la peruanidad y sus obras manifiestan en la mayoría, esa posición reveladora. Page, en su primera obra como director, señalaba la ruta que había escogido para hacer las puestas escénicas. Y eso es lo que ha ido planteando. Así cuando monta el texto de Alfonso Santistevan, Vladimir (2014), donde había que marcar el adiós a un sistema de creencias, como la figura divinizada del Che Guevara, fue esbozado con nostalgia, una ceremonia del adiós que debió ser necesaria y rotunda, además, marcar más la aventura migratoria. Pero fue muy respetuoso con el texto y eso lo limitó. La mejor forma de ser un discípulo es cuestionando al maestro. Esa adhesión fiel al texto amarra a su creatividad ya que sucedió lo mismo con La Madonnita (2011), una terminología bonaerense para referirse a la virgen e ironizar luego con sus representantes domésticas pero incomprensibles para los usos coloquiales peruanos.  Es decir, puedes imaginar la universalidad de una obra, pero la comprensión del contexto donde se monta definen su coherencia histórica. Eso no sucedió y más pareció un galimatías con disfuerzos. Eso debe ser una regla para todo aspirante a director lúcido: comprender el cómo y el cuándo del texto e insertarlo históricamente. La universalidad es fundamentalmente una falacia. Uno tiene que localizar las puestas a nivel de comunicación sino se torna impenetrable. Algo más divertido, suave, casi dietético, fue la puesta de Cock (2016), de Mike Bartlett, donde maneja mejor la levedad del género exigido, pero con problemas en el manejo de actores. Ello se vio acentuadamente en la puesta Love, Love, Love (2015), del mismo autor que exigía, por lo demás, ese humor inglés pero que los pesos actorales estaban muy disparejos y evitaban una puesta congruente y de conjunto. Considero que este director tiene un futuro espléndido si su autocorrección y exigencia en el manejo de actores se afina. Como ya va notándose en la formidable Infortunio (2017). Ese es el camino.

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