Exclusivo para emprendedores

“Luego de peinar la zona y ver que llegaría tarde a la primara clase, pregunté al vigilante dónde estacionábamos los profesores".
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Mi primer encuentro con la cultura del “emprendedurismo” –llamado así, de manera salvaje– fue cuando buscaba aparcar mi auto en la playa de estacionamiento de la universidad San Ignacio de Loyola y cada compartimento advertía “Exclusivo para emprendedores”. Luego de peinar la zona y ver que llegaría tarde a la primara clase, pregunté al vigilante dónde estacionábamos los profesores. Era un tipo curtido y de ojos chisposos, y me susurró: “Cuadre nomás, profe, aquí todos somos emprendedores”.

Una vez en el aula, mientras nos presentábamos los estudiantes y yo, llamaron con golpes urgidos a la puerta. Era el secretario del secretario académico con un walkie-talkie a todo volumen y gafas oscuras. “Profesor, aquí se dicta con saco y corbata –carraspeó y me miró de arriba a abajo–. Como yo”. No duraría nada en ese empleo porque le pregunté cómo afectaba mis jeans y camisa a los estudiantes. “Son disposiciones de la universidad, profesor”.

En el descanso, por el patio principal, además de ver cómo flameaban banderitas multicolores de muchos países, vi un grupo de japonesitos en guardapolvos y encasquetados que, trasladándose con pasitos cortos y rápidos, señalaba asombrado un edificio desaliñado del campus, y después rapidito a otro edificio con las bocas absortas.

De regreso al aula, los estudiantes se quejaban porque les habían impuesto horarios que empezaban a las siete de la mañana y terminaban a las nueve de la noche, con huecos de seis horas. No confiaban en la celeridad de las autoridades y les sugerí ir al Centro Federado de Estudiantes. Pero ahí no había esos Centros Federados que derivan en pérdida de tiempo y politiquería. Terminada la clase, bebí agua en el patio principal y vi en el centro la estatua casi renacentista de don Fernando Belaunde Terry. Un expresidente, un arquitecto culto.

Apresurado, apareció de nuevo el secretario del secretario académico y esta vez yo lo atajé. “¿Quién es el de la estatua?”. “¡Ah! Don Fernando –se regocijó–. El más grande emprendedor de este país”.

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