Ernesto Ráez

Prácticamente ha entregado su alma al teatro y he ahí su heredad.
Ernesto Ráez Ernesto Ráez

Existen diversos tipos de personalidades con las cuales uno va encontrándose en la vida. Están desde los que inevitablemente formas parte como la familia hasta aquellos que vas eligiendo por diversas razones. En ese maremágnum de probabilidades y afinidades electivas, hay también aquellos que destilan magisterio. Es decir, representan un feliz encuentro entre la sabiduría y la bondad. Son seres cuya presencia indica que no todo está perdido en el género humano y que el terror cotidiano de ver tanta iniquidad propagándose, y más en nuestro país, no es lo único que hay. Que en las grietas brota la luz, sostenía Cohen.

Es por eso que la trayectoria generosa del maestro Ernesto Ráez Mendiola es una evidencia terrenal que los peruanos guardan alguna esperanza para una vida solidaria y gozosa como cuerpo social. Su propia biografía, llena de reconocimientos, historias insuperables, parábolas, han expresado lo mejor de nosotros: la inmensa capacidad de diálogo, de aprendizajes agudos compartidos, de tolerancia respetuosa, de lucidez irrenunciable. Es verdad, que, por mi pesimismo natural, considere que más bien es la excepción y, linajes como el del amauta descrito, esté más bien en vías de extinción. Sin embargo, en cada travesía y contacto, Ernesto amplía los parentescos y convierte cada encuentro en una posibilidad de desprendimiento, hace que el mundo sea menos inhumano y, hasta parezca, una buena alternativa.

Un gran maestro

Prácticamente ha entregado su alma al teatro y he ahí su heredad. Es de seguro que la cantidad inmensa de estudiantes, en sus diversos niveles, que han estado bajo su enseñanza y compañía, remarcaran una lista de virtudes que lo describen como el gran maestro que es. Por supuesto, es una de nuestras memorias vivientes de la historia del teatro nacional y no solo por la ingente cantidad de información sistemática que maneja sobre nuestras artes escénicas sino también por una característica fundamental de todo individuo magnánimo: el amor al conocimiento con una profunda ética profesional. Esa manera de entender el arte es la diferencia fundamental. Hay algunos que han olvidado que no debe cruzarse la frontera de la infamia. Hay otros que son simplemente inconscientes que el teatro construye integridades y es un puente que conduce hacia la virtud. Hay, también, aquellos que ven lo teatral como una mera oportunidad para sus vicios y legitimar sus estulticias. Pero están los imprescindibles, siguiendo a Brecht. Ráez pertenece a ese grupo.

Por supuesto, ha hecho de la existencia teatral una manera de vivir, un modo de ordenar el mundo, una posición vital desde donde reflexiona. Es que, para ser un hombre de teatro a carta cabal, ha seguido la mesura, la inteligencia equilibrada y disciplinada, la cuidadosa sensibilidad bien entrenada a punta de lecturas, conversaciones, actuaciones, asistencias a festivales, a pensar lo teatral, es decir, a una vida hecha desde, con y para el teatro. De ese modo, cada palabra suya tiene una densidad solventada por una exquisita experiencia complacida e incorporada. Y, esa mirada que no miente, esa sonrisa pedagógica, ese abrazo tan cálido como un amable verano, siempre disponible para soportar muchas de nuestras impertinencias.

Gratitud total

Cuando hace algunos años publiqué La guerra del Pacífico en el Teatro Peruano (2009), nuestras charlas, caminando o tomando alguna infusión, eran atravesadas por diversas referencias de la guerra (y muchas de nuestras guerras que no queremos hablar), todo era prácticamente un fresco transcendental sobre nuestra historia teatral. Es decir, tenía mi propio profesor a quien casi interrogaba aplicadamente. Así, fui incorporando las exigencias y protocolos básicos que todo historiador del teatro, como yo, audazmente, pretendía narrar de la memoria escénica. Espero haber sido un buen alumno. En todo caso, el maestro Ernesto, queda exonerado de mis torpezas críticas.

A los maestros hay que homenajearlos cuando están vivos, cuando puedan leer u oír lo que decimos de ellos e, incluso, tengan derecho a la réplica. Va por ello nuestra ofrenda, el corazón envuelto en palabras, la gratitud total por todo lo dado a nuestro Perú, el reconocimiento a tanta lección permanente de amor artístico, el abrazo infinito a su hermoso espíritu, a cada uno de los instantes compartidos con sus paisanos peruanos. Gracias totales. Nos vemos en el teatro.

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