El gran showman

La cinta que narra la historia del hombre que creó la industria del entretenimiento destaca en la parte visual y musical, pero cojea en la construcción de los personajes

Hay ocasiones (bien pocas) en las que una película trasciende a su medio, ya sea por su calidad, sus referentes, su activismo o por un simple golpe de suerte. El año pasado, Damien Chazelle orquestó con su La la land, uno de estos fenómenos irrepetibles. Con los ecos de aquel milagro, se estrenó la cinta El gran showman, con música y letra del mismo equipo (Benj Pasek y Justin Paul). Hugh Jackman se pone al frente del reparto de una producción sobre la perseverancia, el clasismo y la aceptación de uno mismo y sus limitaciones.

Historia sin profundidad

El gran showman es una propuesta tan interesante como interesada. El espectáculo que nos invita a presenciar el director Michael Gracey en su debut detrás de las cámaras es una reverencia infinita a los vendedores de humo. Qué mejor homenaje que convertirse en uno. La historia no puede ser más simple: en El gran showman asistimos a la transformación de P.T. Barnum de niño pobre a hombre rico. De soñador a realizador. Y ya está. Más allá de los matices y desvaríos, el conflicto central del filme es tan sumamente básico que uno puede llegar a pensar que toda la película no es más que una excusa para desplegar todos y cada uno de los clichés del cine musical.

Hablar de lo selecto del reparto de la película podría parecer una obviedad, pero no lo es tanto si tenemos en cuenta que el desaprovechar talento puede ser una flaqueza tremebunda. Michelle Williams, como la sufrida mujer estatua del protagonista, apenas tiene un par de líneas de diálogo, pero consigue brillar. Eso sí, por mérito propio. En cambio, el contrapunto dramático que debería aportar la fogosa Rebecca Ferguson como objeto de deseo y distracción se esfuma y se desvanece, se apaga. En definitiva, la coralidad del filme lo acaba convirtiendo en la cofradía del Santo Hugh Jackman, que con su vibrato infinito domina con mano de hierro el metraje.

Soportar noventa minutos de piruetas deja de ser “soportar” si los que bailan en frenesí son el carismático Hugh Jackman o  la magnífica Zendaya, pero la credibilidad de la película se hunde en su discurso integrador. El personaje de Jackman intenta hacer ver a sus trabajadores que deben aceptar sus características especiales y tener un poco de amor propio. Cuesta mucho ser cómplice del ejercicio de revisionismo propuesto en el blanqueo sistemático de la figura de P.T. Barnum. Se sabe que basar una película en una historia real vende entradas, pero se sabe también que el protagonista real de El gran showman llevaba a cabo autopsias públicas de sus trabajadores por un módico precio. A otro perro con ese hueso.

Salvada por la música y baile

Quizás el aspecto más positivo de El gran showman sea la química mágica que florece entre la citada Zendaya y Zac Efron. Ambos jóvenes, forjados a carpeta y póster en la factoría Disney, viven un romance prohibido, una preciosa anacronía racial. Su compenetrado trabajo llega al clímax durante su acto conjunto, una auténtica maravilla por su contenido (todas las escenas fueron rodadas de manera física, sin ayuda de los efectos especiales). El precio de la entrada recuperado con creces.

La sensación que uno tiene cuando termina El gran showman y se encienden los focos de la sala es una mezcla entre la perplejidad y el placer culpable. La película de Michael Gracey es un bello y gran engaño, un acto de mentira preciosista. Cualquiera podría confundir este filme con un musical de entreguerras. Muchos artistas reconocidos, canciones bien hechas y bien interpretadas y una historia nada interesante. Encajar El gran showman en esa tradición fílmica puede ser un halago o un insulto. Lo mejor es que decidan por ustedes mismos. Al fin y al cabo, qué es el cine sino una fábrica de humo.

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