Dominga

“La fortaleza de esta propuesta de la Facultad de Derecho de la PUCP, con entusiastas y variopintos actores"
Dominga Dominga

El 2021 celebraremos el bicentenario de nuestra Independencia. Al ritmo que vamos, parecerá la conmemoración de un proyecto fallido. Poco del proyecto emancipador se ha logrado. Es más, estamos imbuidos constantemente de diferentes formas de subyugación. Una de ellas es la sujeción de la mujer. El modelo patriarcal global ha impuesto un sistema de opresión usando para ello diversas narrativas legitimadoras. Aunque se ha ido avanzando en desmontar esa maquinaria de control y horror, hay mucho por hacer. Es por eso que uno de los ejercicios imprescindibles para recordarnos esos ámbitos de avasallamiento es mostrado por el teatro. La fortaleza de esta propuesta de la Facultad de Derecho de la PUCP, con entusiastas y variopintos actores, está en remarcar que la agenda libertaria propuesta en el siglo XIX aún está por terminar. Por supuesto, que la vigilancia sobre los cuerpos y las almas, tiene antecedentes, aunque poco manifiestas, de batallas de emancipación de la mujer. Es decir, hemos contado irrisoriamente otras cruzadas libertadoras que van más allá de la política. Esa soberanía ideológica es la más importante, tal vez.

La obra es sobre esa sumisión y la breve historia de un intento de libertad en la Arequipa decimonónica. Dominga, joven muchacha, a quien su madre quiere casar rápido para deshacerse de ella, pasa de una situación romántica y pasiva, donde acepta con gusto los planes familiares matrimoniales, a una rebelión mental. Previamente había sido engañada por el prometido, quien muy pragmático, prefiere a una viuda adinerada. Por supuesto, la perversa madre decide enclaustrarla. Hay una evolución ideológica bien llevada por la actriz principal en la que la traición del novio en ciernes es apenas un disparador para una posterior transformación. Aquí lo importante es el diagnóstico de una ciudad provinciana atada a los dispositivos de poder y sometimiento. Uno podría decir que es comprensible en esa época, sin embargo, los actuales y cotidianos hechos de violencia extrema contra la mujer indican que permanece ese delirio irracional, esa misoginia interiorizada, ese pavor rutinario.

Un texto sin personalidad

Pero ese necesario debate excede lo que transcurre en las tablas. Incluso en su pretensión jurídica. Un guion con partes de diálogo alusivas y aburridas que son recitados planamente por los actores. Es como si los personajes solo lanzaran las palabras sin espesor psicológico. Es que el fraseo, con su intento de respetar la rítmica decimonónica, tampoco ayuda. No obstante, sobresale la presencia de Dominga (Flavia Scaramutti) que está en otro registro respecto a sus compañeros del proscenio. Ella sola hace la puesta. Su energía es imparable y convierte a todos los demás en reales actores secundarios. Es posible que un monólogo suyo hubiera sido suficiente. Hay una naturalidad que conmueve a pesar que la historia por momentos es un dechado de cursilería. Escenas donde parecen personajes de una caja musical. Ese esquema de contar donde se subraya esa coreografía amorosa engomada, que pareciera parodiar todas las historias de amor, pero lo hacen en serio. Estos altibajos van desmereciendo la temática. La dupla Luque-Ángeles como dramaturgos no han hecho su mejor trabajo. Gino Luque es conocido por su experimentación y tendencia a salir de la caja. Aquí no se nota ese antecedente. Ha vencido la lectura menos aventurada de Angeles. Considerando sus méritos como dramaturgo, incluso como director (recordemos su reciente e inquietante puesta de La Tempestad), hay una contención que se manifiesta inclusive asumiendo que es un drama histórico. Resultado de ello es un texto sin personalidad (más allá de la urgencia del tema para visibilizar al sujeto femenino). El dúo ha negociado con temor los alcances de su sociedad escritural. Ya con Ciriaco de Urtecho: litigante por amor (2017), basado en el trabajo del célebre canciller del fujimorato, Fernando de Trazegnies Granda, habían augurado los ambiguos rumbos de las obras por encargo que fabrican. Juntos, por lo menos en dramaturgia, no son recomendables. Hay sociedades de escritores que se potencian, otras, como este caso, se neutralizan. El vestuario si es impecable y señala el cuidado histórico. Pulcro también el manejo de las luces que no desentona en esa sala. El tema merece otro texto y otra puesta de escena.

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