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CULTURAL | Los aspavientos de Alejandro Susti

Relatos breves de temas variados cuyo hilo en común es la mirada irónica, hu­morística y desacralizadora del narrador.
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Acaba de publicarse el libro Aspavientos (Bo­rrador Editores) del escritor, crítico y rockero Alejandro Susti. Dividido en tres tomos, reú­ne en total cincuenta relatos breves de temas variados cuyo hilo en común es la mirada irónica, hu­morística y desacralizadora del narrador. Incluyo a con­tinuación tres textos tomados de cada volumen. En el primero, el tema es el kafkiano, burocrático mundo ju­dicial; en el segundo, una película de terror en la Luna; por último, el relato de una voraz mujer ante un sargen­to.

Giancarla Di Laura (Catedrática en Lonestar Colle­ge – Harmony School of Advancement, en Texas.

MANDATO JUDICIAL

 El hombre desciende por la escalera de madera y, una vez en tierra, se acerca trayendo el sólido armatoste que apenas le cabe bajo el brazo y lo deposita en la mesa. Abre el Libro de Partidas, moja el dedo índice con la punta de la lengua y procede a repasar los folios que señalan el registro de los últimos nacimientos. Entonces recoge la pluma que descansa a su lado y con letra pulcra y sinuosa anota los nombres y apellidos del recién nacido.

Muchos años después, aquel recién nacido acude a las mismas oficinas obligado por las trampas del destino a corregir la letra de uno de sus apellidos. Otro hombre –de la misma edad que su ancestro y dispuesto a cometer el mismo error– se acerca a la mesa arrastrando el armatoste (cubierto ahora de manchas, hongos y parásitos de todo tipo), lo abre y deja caer sobre la mesa. Luego revisa minuciosamente la reciente orden del Juez y procede a abrir un ánfora en cuyo interior reposan las letras del abecedario, perfectamente encajadas cada una en su casilla. El hombre recoge una de ellas –la S para ser más exactos– la coloca sobre la hoja y con un gran martillo ejecuta el Mandato Judicial reemplazando aquella Z que por tantos años ha permanecido registrada sobre la superficie del papel. En eso, el recién nacido se sacude y tambalea como una hoja, y abandona el recinto convertido ya en un anciano.

PELÍCULA MUDA

Cual arácnido silencioso, la nave posó delicadamente sus extremidades sobre la superficie de la luna. Minutos después, la cámara mostró cómo, por una oblicua escalera, descendía el perfil difuso de un astronauta. Blandiendo una bandera de hojalata, el hombre holló el blando y virgen polvo de la luna y, algunos metros más allá, procedió a clavar su tosco estandarte bajo el desolado paisaje de cráteres y estrellas. Luego, brincando a intervalos, se adentró en la distancia mientras exclamaba una frase absurda y desaparecía poco a poco empequeñecido por el horizonte. De pronto, desde la Tierra, los televidentes contemplaron horrorizados cómo la mortecina cara de la luna se abría como una portentosa mandíbula y se tragaba de un bocado al pequeño astronauta. Inmediatamente después, la programación cedió paso a un comercial de una pasta dentífrica.

VORAZ CAZADORA

 Mis cincuenta y cuatro pares de zapatos lo dicen todo. Abra la puerta, sargento, y podrá verlos, allí, alineados simétricamente, colmando de aromas el closet. No señor, no me arrepiento de eso que algunos llaman delirio, adicción o, simplemente, estupidez. Hace ya tiempo que dejé de sentirme culpable de rondar por las tiendas buscando la presa, como una voraz cazadora. Mi marido –me refiero a este que usted ve aquí–, al comienzo se alarmaba. ¿Los necesitas? –me preguntaba– y yo asentía con la cabeza y luego le decía: sí, los necesito, y él se iba tranquilo como quien espanta una mosca. Con el tiempo empezó a rezongarme, a advertirme, a sermonearme, hasta que un día amenazó con cerrarme la cuenta. A mí me bastó con negarle eso que a todos los hombres les interesa más que otra cosa –usted me comprende, sargento–. Después, comenzó a hacerme escenas. Se preguntaba qué había hecho él para merecer esto. Entonces se jalaba los pelos, se mesaba la barba – como en una tragedia griega, ¿me comprende?– y yo, imperturbable. Si de algo puedo vanagloriarme es de conocer a los hombres y de nunca haberme dejado doblegar por uno. Jamás. Mi primer marido se parecía en algo a este –la barba, el porte, la altura, qué sé yo–. El segundo era un poco más conspicuo, pero al menos era un hombre inteligente: sabía cómo atraerme hacia él y luego humillarme al juzgar lo que él llamaba mi vicio. Del tercero ya no recuerdo nada –no se ría–. Pasó por mi vida, como quien no quiere la cosa, apenas se dio cuenta de que yo era indomable. ¿Y el cuarto? Pues allí lo tiene, con esa bala alojada en el cráneo. Lo hizo después de encontrarse la cuenta del mes, allí, justo a su costado, sargento, sobre la mesa. ¿La ve? ¿O acaso pensará que soy yo la culpable?

 

 

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