29 Dic, 2017

KATARSIS | Rubén Quiroz Avila: Lo mejor del 2017

“Hay varias obras cuyas virtudes y en sus diferentes niveles vale la pena reconocer. Es por ello, los criterios de elección se elaboran desde la crítica teatral..."

El teatro en nuestro país goza de buena salud, y aunque no está en su etapa de madurez, va por ese camino. Las disímiles propuestas tanto de las que combinan esfuerzo y pocos recursos, otras que tienen una búsqueda de nuevas propuestas escénicas que amplifican el universo teatral, así como aquellos que tienen un objetivo estrictamente comercial y tienen a su servicio una maquinaria de marketing, a veces, muy aparatosa. Ello es un buen signo de la formalidad en la que está entrando el abanico de proyectos teatrales. Aún el centralismo limeño concentra la mayoría de propuestas, y a pesar de las múltiples ciudades que es Lima, el foco está en algunos distritos, lo cual es ya un obstáculo para normalizar el consumo de las artes escénicas. A eso hay que sumarle que cada vez la profesionalización de la producción permite mejores espacios para vincular a potenciales aliados y los necesarios recursos.

En lo que sigue, más que un ranking, es un ejercicio de reconocimiento público a varios vectores de las puestas de escena en la ciudad. Hay varias obras cuyas virtudes y en sus diferentes niveles vale la pena reconocer. Es por ello que los criterios de elección se elaboran desde la crítica teatral. Por supuesto, el concepto de lo mejor es debatible y, en muchos casos, la decisión fue ardua hasta el último minuto.

LOS MEJORES

MEJOR ACTOR: Oswaldo Cattone en El padre. Para encarnar a un anciano en plena desmemoria requiere toda una vida recorrida. Cosas que olvidar. Cattone, aún ilusionado y vital, logra plenamente transmitir ese debate interno, contradictorio, esa degradación que empuja el Alzheimer. Conmovedor.

MEJOR ACTRIZ: Ethel  Requejo en La Alondra. Alcanza un nivel parejo, verosímil y sublime, además de estar a la altura de los maestros actores que la acompañan cuyo desempeño exigía una protagonista de polendas. En su cuerpo se encarna Juana de Arco y despliega sin temor la tensión actoral requerida. Brillante.

MEJOR DIRECCIÓN: Jorge Villanueva por Casa de perros. El texto de Juan Osorio, aunque con un final reelaborado, permite un despliegue actoral bien ensamblado. Es una demostración coral de disciplina, lucidez y sensibilidad.

MEJOR OBRA: Yerovi, vida y muerte de un pájaro cantor, en la sala Ricardo Blume. El riesgo de revisar tanto familiar como históricamente lo relevante de la presencia del escritor en la literatura peruana. Una ruta biográfica que conecta con nuestras referencias culturales que inician nuestra modernidad. Audaz.

MEJOR ACTOR DE REPARTO: Ramón García por El país de la canela. Bien dirigido por Diego La Hoz, esta obra que atraviesa como un fresco de nuestros inacabables nudos y dificultades como nación. García, en buen ritmo e incansable, da notables señales de su solidaridad con los proyectos honestos y no convencionales. Con un formato retador, el experimentado actor responde con su habitual peso escénico. Oficio.

MEJOR ACTRIZ DE REPARTO: Karina Jordán por Infortunio. La fuente wagneriana en manos de Gino Luque es instintiva, oscura, abismal. El amor solo anuncia fatalidad. Jordán responde espectacularmente. Dramática.

MEJOR DRAMATURGIA: Pájaros en llamas, de Mariana De Althaus. Dentro del teatro testimonial, la temática es bien organizada y cuidadosa con los sufrimientos personales. El oficio escritural se nota en el tejido textual. El bordado respetuoso de los testimonios convierte la tragedia en una recapitulación terapéutica. La pérdida se comprende. Althaus confirma su talento cada vez más valioso.

MEJOR COMPOSICIÓN MUSICAL: Benjamín Bonilla por Casa de perros. Congruente con la controversial e intensa propuesta y sus exigencias históricas. El brillo de la música recorre cada escena y la ensalza. La música es un personaje y modifica el impacto de la puesta. Hechicero.

MEJOR ESCENOGRAFÍA: Esperando a Godot. La demostración de lo que se puede hacer con una impecable visión del universo de Beckett. Los objetos configuran una atmósfera enloquecedora, desesperanzadora, pesimista. La misma sala de la AAA forma parte de esa configuración absurda. El lenguaje de las cosas como una línea dramática clave. Acertado.

MEJOR MUSICAL: El plebeyo, de Carlos Tolentino. Felipe Pinglo, nuestro más representativo compositor de música criolla alcanza existencia con esta puesta. Escuchar nuestros valses y el drama de la historia de amor que la atraviesa, nos recuerda la espléndida y trágica memoria de la que estamos compuestos. Soberbia.