Columna | Jorge Tineo Rendón | David Bowie: ¡Larga vida al Duque!

Bowie representa la ruptura de los paradigmas impuestos por la Invasión Británica, ese efervescente movimiento de artistas ingleses inspirados por el rock and roll

La primera canción que escuché de David Bowie fue una pegajosa melodía de pop-soul en cuyo video aparecía bailando un señor delgadísimo con terno amarillo y mechón de pelo rubio. Me refiero, por supuesto, a Modern love, tema que presentó al genial Duque Blanco a un público nuevo que ignoraba el estatus de leyenda que ya ostentaba este cantante de poderoso carisma y voz abaritonada, para la primera mitad de los añorados ochenta.

Bowie representa la ruptura de los paradigmas impuestos por la Invasión Británica, ese efervescente movimiento de artistas ingleses inspirados por el rock and roll norteamericano de los cincuenta y sesenta. Disruptivo y camaleónico desde sus inicios, el compositor, cantante, multi-instrumentista, productor y actor londinense jamás se conformó con la rápida aceptación del público y lo puso a prueba permanentemente con una carrera caracterizada por una constante e impredecible reinvención que le permitió mantener intacta su credibilidad artística.

Sus primeras canciones son una mixtura de rock, jazz y vaudeville. El joven estudiante de arte dio su primer giro de timón en 1969 cuando cambió la ropa estilo Beatle por vestuarios, maquillajes y peinados que parecían sacados de la ciencia ficción, para presentar Space oddity, una espacial y psicodélica balada de envolventes mellotrones y brillantes guitarras acústicas.

La creatividad de este músico nacido un día como hoy, 8 de enero, con el nombre de David Robert Jones, floreció con lanzamientos como The man who sold the world (1970) y Hunky Dory (1971) que contiene otra de las joyas de su catálogo: Life on Mars? adornada por el lujoso piano de Rick Wakeman. Paralelamente formó Hype, cuarteto rocanrolero que generó diversos titulares en New Musical Express y Melody Maker, las revistas especializadas más importantes de la época.

En 1972 surgió el primero de sus alter ego, un fantasmal, irreverente y andrógino héroe-del-rock que conquistó al mundo acompañado por Mick Ronson (guitarra), Trevor Bolder (bajo) y Mick Woodmansey (batería), banda con la cual grabó dos álbumes: The rise and fall of Ziggy Stardust and The Spiders from Mars (1972) y Aladdin Sane (1973), repertorio base para una maratónica gira de 18 meses cuyo último show quedó registrado en un excelente documental dirigido por D. A. Pennebaker.

Glam-rock

David “Starman” Bowie fue uno de los animadores de la escena del glam-rock, junto a Marc Bolan, el grupo Mott The Hoople –que grabó e hizo famosa su composición All the young dudes; y como productor de Lou Reed y The Stooges, banda de su amigo Iggy Pop, a quien también produciría sus dos primeros álbumes como solista en 1977.

Su discografía tiene matices contrapuestos, pasando del colorido funk y soul de álbumes como Diamond dogs (1974), Young americans (1975) y Station to station (1976) –donde nació The Thin White Duke, otro de sus legendarios personajes-, a las oscuras experimentaciones vanguardistas de la “trilogía de Berlín”: Low, “Heroes” (1977) y Lodger (1979), ambiciosos álbumes donde participaron reconocidos músicos como Brian Eno, Robert Fripp, Adrian Belew, Carlos Alomar, entre otros. A pesar de sus problemas con las drogas, serios cuestionamientos sobre su sexualidad y supuestos comentarios fascistas, su popularidad aumentaba con cada lanzamiento y gira.

Música etérea e inclasificable

Sin embargo el culto a David Bowie alcanzó alturas insospechadas con su décimo quinto disco, Let’s dance (1983) que grabó también con músicos de primer nivel como los guitarristas Nile Rodgers y Stevie Ray Vaughan. Este álbum contiene los éxitos Let’s dance, Modern love y China girl. Dos años antes, en 1981, compuso y grabó junto a Queen el clásico Under pressure.

Tras esta consagración comercial retornó a su complejo universo interior para producir música etérea e inclasificable, navegando entre la electrónica, trip-hop y acid-jazz sin alejarse completamente de sus raíces rockeras. Álbumes como Outside (1995), Earthling (1997) o Heathen (2002) son buenos ejemplos de ello. Incluso incursionó en el hard-rock a en los noventa con Tin Machine, cuarteto que lanzó dos discos cargados de cruda energía guitarrera.

En el 2003 realizó una inmensa gira llamada A reality tour, para luego desaparecer del ojo público, por problemas de salud, durante una década. The next day (2013), su esperado retorno, fue bien recibido por el público y la crítica. Sus dolencias se intensificaron durante las grabaciones del disco Black star, realizadas en estricto secreto, que apareció el día de su cumpleaños 69, dos antes de su muerte, ocurrida el 10 de enero del 2016. Tony Visconti, su amigo personal y cercano colaborador por décadas, describe al Bowie de esas sesiones como “un maestro al tope de sus talentos” en el documental The last five years (BBC, 2017), una profunda crónica visual sobre todo lo que hizo en el período 2011-2016.

 

Hoy David Bowie cumpliría 71 años y su vigencia es indiscutible en tiempos en que el rock, este género musical entrañable, atraviesa por una grave crisis de creatividad. Larga vida al Duque.

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