24 Nov, 2017

COLUMNA | Rubén Quiroz Ávila: El otro lado

“Una metarreflexión sobre el teatro como disciplina. Evidentemente semejante aspiración ya por sí misma tiene alcances desafiantes..."

En clave pirandelliana, la puesta de escena de Jimena Ortiz de Zevallos es una agradable amalgama de buen humor. Con ameno ritmo es una suma de clichés bien armados. El oficio como director de Carlos Mesta se nota en la fluidez escénica. La actividad de amenizar en las tablas calza cabalmente aquí. Todos se divierten y sin necesidad de recurrir a facilismos o chistes populistas. La presencia de Carlos Victoria garantiza pertinencia y lleva a los demás actores a seguir el ritmo. Giselle Collao, con su personaje de autora, tampoco desentona y sigue los pasos con verosimilitud. Pero el guion tiene una búsqueda mayor. Es una metarreflexión sobre el teatro como disciplina. Evidentemente semejante aspiración ya por sí misma tiene alcances desafiantes. Es decir, preguntarse de principio qué es la dramaturgia hace que el desarrollo de la obra sea un pretexto para resolver una cuestión de fondo. Asunto complejo que lo resuelven incompletamente con una comedia jovial. El juego de espejos comienza.

Centro de gravedad de la dramaturgia

Pero justo es eso el problema fundamental del acontecimiento teatral. Difuminar la barrera de la ficción y lo real, aún en una evidente ficcionalización, tiene sus riesgos. No es tan gracioso como parece. El reto es audaz por lo tanto la respuesta en acción debe revelar a ello. Unas primeras escenas flojas ahondadas por la mala acústica de la sala del MALI hacen que la conexión demore un tanto. Los personajes van en busca de autora cuando ella (cabello rojo encendido, look a lo escritora maldita en pelea con sus demonios interiores, es decir, el parangón de autor mediático) se divide en un dilema: aceptar un sustancial cambio en su obra en ciernes (propuesto por unos financistas conservadores) o continuar con lo imaginado como dicta su espíritu escritural. La revolución actoral es inminente y pasan al otro lado. Lo que sigue es un repertorio metatextual en la que Pirandello, Chéjov, Artaud y toda la semiología de actuación desfilan rápidamente como una síntesis del debate. La vieja disputa de quién finalmente crea la obra, el individuo como tal, el colectivo, o las circunstancias, aparece aquí divertidamente. El texto escrito o su representación. La palabra planificada o su interpretación. ¿Dónde está el centro de gravedad de la dramaturgia?

¿Final feliz?

Pero, reitero, no es tan divertido definir la respuesta final.  Y ello es lo más trágico de la obra. Que pretenda dar una respuesta. Dar respuestas definitivas necesita de demasiada información que lo mejor, muchas veces, es apelar al escepticismo. Sin embargo, casi como un canto de cisne de un modelo decimonónico, responden que es mejor resistir el embate. El escritor vence al mundo. En este caso, la última heroína. Entonces, se opta por asumir, al autor como indiscutible, puro y purificado por la escritura, que rechazará cualquier intervención externa que pretenda modificar su resultado artístico. Es decir, resiste a las circunstancias. Todo un lema de autoayuda en plenas tablas. Es que muchos, como en esta obra, creen que un final feliz, de telenovela, podría ser el instrumento para la catarsis ansiada. He ahí el desliz. Cuando pareciera ser que el tránsito de la puesta llevaría a una perspectiva que arrojaría luz sobre la creación teatral misma, termina en una utopía complaciente e inverosímil. Nuestros autores peruanos (o, mejor dicho, limeños) se están autoengañando, creyendo que la esperanza es lo último que se pierde y que un mundo feliz es posible. Pareciera que la dosis de realidad no fuera suficiente. O tal vez se crea que la ilusión, toda esa ilusión que suele dar el teatro y nos consolamos en ello, sea para detener el terror de andar por las calles de Lima y, acaso, concebido como refugio de la violencia cotidiana. Eso es viable y hasta urgente. Podemos mantener el espejismo en las tablas. Pero eso exige asimilar la idea de que un final de obra distinto, menos complaciente, menos dulce e inofensivo, sea posible también.

 

 

Ficha:

El otro lado

Texto: Jimena Ortiz de Zevallos

Director: Carlos Mesta

Temporada: Del 10 de noviembre al 11 de diciembre

Lugar: Auditorio AFP Integra del MALI