1 Dic, 2017

COLUMNA | Rubén Quiroz Avila: La alondra

Desde su fundación en 1946, aunque tardía, ha sido un motor clave en la organización, enseñanza, difusión y visibilización del arte dramático.

Todos los países, con algo de respeto por su tradición cultural, tienen escuelas nacionales de formación artística. En el caso del Perú, con su inmensa complejidad y evidente multiculturalidad, posee una prestigiosa Escuela Nacional Superior de Arte Dramático (ENSAD). Desde su fundación en 1946, aunque tardía, ha sido un motor clave en la organización, enseñanza, difusión y visibilización del arte dramático. Aunque, como toda instancia educativa pública, ha sido casi abandonada por el Estado y, seguro, la mayoría de veces incomprendida. Sin embargo, decorosa y valientemente, permanece, aunque a trompicones, en el intento de hacer buen teatro en nuestro país. Por supuesto, la inmensa figura de Guillermo Ugarte Chamorro es imprescindible en la historia de esta institución. Otra presencia relevante por su magisterio y memoria viviente del teatro peruano es Ernesto Ráez. Por lo tanto, su herencia es magnífica y, los ahora responsables, tienen que estar a la altura de su historia.

Juana de Arco

En ese sentido, la aspiración de La Alondra (1952) de Jean Anouilh, es, como reza su catálogo de mano, la más ambiciosa puesta de los últimos años de la Ensad. La historia se basa en la figura nacional francesa Juana de Arco con toda la trascendencia y el capital simbólico que esta figura representa para el mundo occidental, por supuesto, más para Francia. Cada nación construye sus propios héroes y legitima sus propias epopeyas. Claro, se ha leído de diferentes maneras, desde su resistencia desde la fe y la defensa nacionalista hasta los énfasis feministas más radicales.  A eso hay que sumarle que el elenco tiene a actores experimentados que verlos juntos en acción es toda una clase maestra de actuación y que todo aspirante al mundo teatral debería ver. Reynaldo Arenas, Hernán Romero, Gustavo Mac Lennan, Ricardo Combi, Luis Ramírez establecen una lección pública de cómo pisar las tablas. Pedagogía en vivo. A ello hay que sumarle que la actuación de Ethel Requejo, como la pequeña heroína, está a la altura de la exigencia de los maestros y sostiene brillantemente el peso de la encarnación. Estamos ante una actriz cuya fuerza psicológica y la pertinente modulación de su cuerpo y voz es propicia con la demanda exaltada y luminosa del texto de Anouilh.

Coro desaprovechado

La más de dos horas de la puesta combina una coreografía que pudo ser mejor aprovechada ya que en varios momentos más parece un decorado pasivo. Para una puesta que insta también una dimensión coral se ha desenfocado su fortaleza probable. Es decir, que un coro manifieste la dolorosa épica, sin embargo, solo es melodía de fondo. La puesta concibe una proporción epopéyica y la música, en proyectada grandeza coreuta como dictan los cánones medievales, no aparece más que como un adorno. Es más, en vez de ayudar a la dramatización, la interrumpe, en vez de ser un disparador de la épica, la obstruye. Sarmiento, el curtido director, debió encauzar mejor ello. Como sabemos, las puestas de escena, como tal, es una urdimbre de diferentes órdenes que incluye la escenografía (que tiene una construcción pertinente en este caso) pero también de todo aquello que potencia el sentido de la propuesta.

¿Y las obras nacionales?

Más allá de la elección del dramaturgo francés como ícono para una presentación institucional de fin de año, que ya de por si es un reto formidable, considero que una escuela nacional de teatro debe revalorar las obras nacionales y que, seguro, tienen exigencias dramáticas análogas al del clásico occidental evocado. A veces creemos que existen clásicos universales, pero ello no es cierto. Lo universal en cultura es una falacia. Estas responden la mayoría de veces a hegemonías discursivas, incluso, a sofismas culturalistas. Necesitamos una escuela teatral que subraye aún más la importancia de nuestros propios clásicos como algunas veces lo han estado haciendo sin caer en la endogamia, se entiende. La Valija, de Sebastian Salazar Bondy, ha sido infinitamente repetida y ya es momento de otras propuestas que señalen un derrotero de teatro nacional y no sea un pleonasmo.