COLUMA | Jorge Tineo Rendon | Fado: Melodías melancólicas para almas felices

“La Reina del Fado”, Amália Rodrigues, con la emblemática guitarra portuguesa.

Si los EE.UU. tienen el blues y nosotros el panalivio, en Portugal -país de gente amable y sencilla, acostumbrada a sonreírle a la vida a pesar de las dificultades- tienen el fado para expresar la profunda melancolía que llevan a flor de piel, esa nostalgia que otros pueblos, quizás por razones naturales, históricas o por convenciones sociales, logran camuflar con sus idiosincrasias orientadas al consumo y la diversión permanente.

El fado es la música nacional de Portugal -como el tango en Argentina o el flamenco en España- y ha sido, desde los albores del siglo 19, expresión genuina del folklore de este histórico y hermoso país, convirtiéndose en uno de los referentes más conocidos de la cultura lusitana, considerada por la UNESCO como Patrimonio Cultural Intangible desde el 2011. Su popularidad se ha mantenido inalterable a través de las décadas, gracias al trabajo de una nueva generación de jóvenes intérpretes, portadores de una herencia sonora que es orgullo de los portugueses en el mundo entero, tanto de quienes viven en su país como de aquellos que emigraron buscando un mejor futuro.

Canto al trabajo y la añoranza

Sus inicios están asociados a las faenas de pescadores de ciudades costeras de Portugal, básicamente de la capital Lisboa, donde los jornaleros del puerto organizaban las cantadeiras para musicalizar su saudade (melancolía). Los fadistas cantan tanto las vicisitudes de la clase trabajadora local como las añoranzas de su tierra cuando están lejos.

Sus melodías son suaves y acompasadas, con la guitarra portuguesa como instrumento principal. Sus seis pares de cuerdas de metal le dan un sonido brillante y de registros medios, similares a los del laúd y la mandolina. Los conjuntos tradicionales de fado tienen dos o tres guitarristas que tocan lánguidos arpegios, fluidos fraseos y rítmicos bordones en diferentes tonalidades. Actualmente su instrumentación incluye pianos, guitarras españolas, bajos acústicos y hasta pequeños ensambles de cuerdas.

Amália Rodrigues

Amália Rodrigues (1920-1999) fue la intérprete más importante del fado. Su canto fue adoptado por la dictadura ultraderechista de António de Oliveira Salazar, que duró 36 años (entre 1932 y 1968). Durante los cincuenta y sesenta Amália fue considerada una chanteuse internacional, al estilo de Marlene Dietrich en Alemania o Edith Piaf en Francia, extendiendo la fama del fado en varios países de Europa, principalmente España, Alemania y Francia; e inclusive en Estados Unidos, México y Brasil. Tras la Revolución de los Claveles de 1974, que selló el final del Estado Novo salazarista, el legado de “La Reina del Fado” se mantuvo intacto en Portugal. Cuando Amália falleció en 1999, a los 79 años de edad, el presidente socialista Jorge Sampaio decretó tres días de duelo nacional, dejando claro que sus contribuciones artísticas estaban por encima de las banales diferencias políticas.

En las últimas dos décadas, una constelación de jóvenes artistas lusitanos como Mariza, Dulce Pontes, Camané, Carminho, entre otros, ha preservado el sonido del fado y permanentemente rinden tributo a la emblemática figura de Amália, interpretando clásicos de su repertorio como Estranha forma da vida, Barco negro, Lisboa antiga, Uma casa portuguesa. Sus producciones discográficas son muy populares en Portugal y sumamente apreciadas en toda Europa, África y algunos países de Latinoamérica.

Modernizado

Durante los noventa apareció el grupo Madredeus con una versión moderna de fado que incorpora sonidos tradicionales de Portugal con ambientaciones electrónicas, ritmos medievales y arreglos sinfónicos. Por su parte la cantante africana Cesária Évora es difusora de la morna, música nacional de su país Cabo Verde (que fuera colonia portuguesa entre 1456 y 1975), y relacionada históricamente al fado. En el 2007 el cineasta español Carlos Saura dirigió Fados que, junto a Flamenco (1995) y Tango (1998) conforman su famosa trilogía de documentales musicales.

Las suaves cadencias del fado -que en portugués significa destino-, han sido fiel compañía para miles de portugueses que hicieron sus vidas alejados de su país, una perenne conexión con su identidad y esencia, ese nexo que los ayudó a mantener siempre la sonrisa cálida y la hospitalidad que los caracteriza, como ocurrió con un buen hombre que hace muchos años dejó Portugal pero se lo llevó en el alma y que hace un mes volvió a su amado país para descansar eternamente y cumplir así con esa importante cita que a todos nos depara el destino (*).

(*) Dedicado a la memoria de Manuel Marques (1948-2017), portugués en cuerpo y alma.

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