CALÍGULA

La lógica de poder de Calígula es espeluznantemente real. De ese modo, el desplazamiento, el aura actoral que atraviesa el proscenio, se reencarna en la malignidad diseñada
CALÍGULA CALÍGULA

¿Cómo descender a los infiernos con belleza? ¿Se puede caer a lo más hondo de la crueldad y la perversión y no sentir terror? Albert Camus, en la Europa bélica, se abisma en las profundidades del género humano. Como pretexto se sumerge en la mente del cruel emperador romano Calígula. Con todos los dilemas existencialistas, esta se resuelve señalando que la oscuridad es imprescindible en la humanidad. Ni siquiera es una propuesta pesimista sino totalmente realista de nuestros precipicios totales. Cuando creemos que hemos tocado fondo, la humanidad acelera a estados aún más crueles. Las guerras europeas, del s. XX no eran signo sino de una decadencia absoluta. Aquí, en Perú, el averno es cotidiano. Tuvimos nuestro propio despeñadero de violencia total hace algunos años.

Por eso sentir la energía de la propuesta escénica del grupo Ópalo (cuya persistencia en su filosofía teatral es valiosa) reafirma los brillantes niveles que puede alcanzar un actor. Con lo visto, Marcello Rivera se supera a sí mismo y compone un personaje inmensamente superior a sus anteriores puestas. Estamos ante una mente retorcida, lúcida, sensual, depravadamente radiante. El brillo de la oscuridad. Rivera alcanza la cumbre de todas sus actuaciones e interpreta con maestría la complejidad camusiana. Cada palabra suya, fraseada con esa entonación calculadamente aflautada, es un martillazo implacable. La lógica de poder de Calígula es espeluznantemente real. De ese modo, el desplazamiento, el aura actoral que atraviesa el proscenio, se reencarna en la malignidad diseñada, la ferocidad adquiere ribetes abisales y muestra, sin piedad, la esencia del poder. Es decir, no el control o la vocación autoritaria, incluso tiránica, sino que el poder es un objetivo en sí mismo. El poder como modo de vida, como tesis de existencia. El poder por el poder. Bajo ese modelamiento de la realidad las claves subsumen las actitudes, los sentimientos, el pensamiento, a una omnipresencia necesariamente omnímoda. Nadie puede escapar de las redes cuya construcción tiende a ser absoluta, sin salida, condenatoria. Sin embargo, el mal necesario no es posible. El triunfo permanente de un mal despótico es una ilusión. Es por eso que el elenco hace un correcto acompañamiento al protagonista. Las inteligentes intrigas de Quereas (Carlos Victoria) y el directo enfrentamiento al autócrata, es magnífico. Victoria responde con la solvencia que lo antecede. Cesonia (Kathy Serrano), es una cómplice adecuada tanto en el frenético ritmo del diálogo como en su propio declive corporal. Su actuación mantiene la regularidad y la ansiedad latente de estar ante una versión divinizada del hombre. Su confabulación es llevada hasta el final, hasta la saciedad. La coreografía sigue siendo un modelo, tal como es característica de Jorge Villanueva. Benjamín Bonilla es preciso con la atmósfera sonora, a lo Schönberg, traza un pentagrama de penumbras.  Así va perfecta la correspondencia metafísica de lo musical con la alteración mental in crescendo.  El diseño de luces de Mario Ráez también calza con esa angustia existencialista prevista tanto por el guion como por las actuaciones. Esta puesta de Calígula es ya un clásico contemporáneo.

FICHA:

Texto: Albert Camus.

Dirección: Jorge Villanueva Bustíos.

Actúan: Marcello Rivera, Kathy Serrano, Carlos Victoria, Pold Gastello, Ismael Contreras y otros.

Lugar: Auditorio ICPNA Miraflores

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