13 Oct, 2017

Albert Camus. Lucidez en los infiernos

“Camus ve dos opciones para quien despierta: suicidarse o reivindicar la vida en este mundo. Pero quien se suicidó optó por consumar y no dar la batalla..."

Camus lamentaba la idea maquiavélica de que el fin justifica los medios, pues, en nombre de diversos ideales, la Santa Inquisición, el proyecto civilizatorio europeo o la dictadura bolchevique de Stalin han humillado y explotado, martirizado y asesinado al ser humano. En Los justos (1950), preguntaba ¿en nombre de la justicia deben ejercer violencia? ¿Los justos deben ser implacables? ¿O los justos no deben mancharse las manos de sangre y dejar que la injusticia y la miseria continúen? El idealista activo se ve tentado a ser terrorista mientras el ciudadano modelo que paga sus impuestos puede ser banal y cómplice del sistema de injusticias. El drama Los justos da luces sobre la guerra encabezada por Abimael Guzmán y Alberto Fujimori, una guerra cuya causa fue los abismos sociales que perviven en el Perú.

“El idealista activo se ve tentado a ser terrorista mientras el ciudadano modelo que paga sus impuestos puede ser banal y cómplice del sistema de injusticias.”

“Robar y gobernar es lo mismo”

En Calígula, el personaje principal, a pesar de que su hermana y amante, Drusila, le repitiera que hacer sufrir era la única manera de equivocarse, el emperador, luego de la muerte de ella, lleno de rencor y odio, reflexiona: «los hombres mueren y no son felices» y ahí se hunden para él los valores éticos. En la cena, Calígula lanza los huesos de las aceitunas en los platos de los comensales y escupe restos de comida, y a la vez es tan melancólico, tan poeta, tan ambicioso que desea la Luna. Sus cercanos reconocen que Calígula posee una psicología penetrante y perversa, capaz de ejercer una libertad sin fronteras, sin límites, sin moral y destruir el orden establecido. Cesonia, su vieja nana –otra de sus amantes–, le suplica que recapacite, que «existe lo bueno y lo mano, lo que es grande y lo que es bajo, lo justo y lo injusto», pero robar y gobernar es lo mismo dice Calígula, y para acabar con lo último de ternura que queda en él, con sus propias manos, estrangula a Cesonia: «Vivo, mato, ejerzo el poder delirante del destructor; comparado con ese poder, el del creador parece una pantomima. Eso es ser feliz».

Calígula cree haberse convertido en un dios, pues ha comprendido que para serlo solo hay que ser cruel y endurecer el corazón, y ha impuesto en su reino la arbitrariedad, el capricho y el crimen. Albert Camus al describir al emperador romano se percataba de los peligros de una existencia sin norte, sin ideales morales.

 

El suicidio

«No hay más que un problema filosóficamente serio: el suicidio». Embiste así El mito de Sísifo (1942): la lucidez reconoce lo absurdo de la vida cotidiana. Esta extrañeza y luego horror ante la rutina en que muchas veces trascurre nuestra vida fue llamada por Freud pulsión de muerte; Heidegger, el estado de «caída»; Sartre, la náusea; y Camus, lo absurdo; cuyo final es la muerte. Y lo más asombroso es que todos fingimos existir como si no supiésemos de la vida parasitaria del lunes y martes en la oficina, de esa lasitud de sábado y domingo en el hogar. Y si se llegase a tocar el tema de la muerte no pasará de un parloteo, de frases hechas. Costumbre, rutina, rituales, ceremonias, agitación, gestos. Infantilicemos el mundo para que sea digerible gracias a una vida teatral y pasiva que oculte el río del tiempo.

El suicidio sería una solución a la vida absurda, a lo extraño y frío que es el universo, a lo inhumano que segrega el ser humano. Lo absurdo se asoma en ciertas horas de lucidez en que vemos lo estúpido de los gestos mecánicos y la pantomima de la vida social.

Camus ve dos opciones para quien despierta: suicidarse o reivindicar la vida en este mundo. Pero quien se suicidó optó por consumar y no dar la batalla. El individuo absurdo, dice Camus, vive orgulloso la lucha entre su inteligencia y una realidad que lo supera. El sujeto rutinario posterga objetivos («más tarde», «todavía»). A pesar de no creer en el cielo, Camus se mantiene de pie: la muerte no desmiente el valor del mundo cotidiano.