A propósito de Luis Loayza

“Caballero, señorito y hombre de buen lucir, educado y culto que sin dejar el lenguaje cotidiano"
A propósito de Luis Loayza A propósito de Luis Loayza

Por Borka Sattler

Hace buen tiempo leí Otras tardes (1985), libro de cuentos de Luis Loayza (Lima, 1934-París, 2018) y no lo he podido borrar de mi memoria. Descubrí a un señorito limeño que evocaba lo vivido en Lima entre la generación de mi padre y la mía y un documento precioso de esa Lima entre criolla y europea de esos años, quizá un gueto que miraba muy poco al resto del país. Una élite de gente que formaba una sociedad encantadora que por un lado venía de conquistadores y nativos y por el otro de franceses, alemanes e italianos que habían visto, en este país, el recurso de sus vidas.

Loayza fue amigo de juventud y de viajes de Mario Vargas Llosa, quien en su último artículo cuenta su sentir en el Cementerio de Père-Lachaise, en París, dando al entrañable amigo su último adiós. Luis Loayza representa un maestro de la expresión escrita y un fenómeno de la narrativa, revelando el espíritu  familiar y de costumbres arraigadas en ese entonces en nuestra capital.

Cuando me refiero a la generación de mi padre y a la mía, quiero explicar que desde niña y cuando oía lo que contaba mi padre, me parecían vivencias propias, y es por eso que cuando cayó en mis manos Otras tardes por primera vez, me identifiqué tanto con el libro.

Otras tardes contiene cinco cuentos, cada uno más rico en expresión, que describe y extrae las vidas de familias que vivieron en el Centro de Lima y ahora se trasladaban a los Balnearios del Sur, mirando al mar. Ya no eran las casas de veraneo, ni los Ranchos de Chorrillos, que contaba mi padre, era la vida cotidiana que se desarrollaba allí.

De los cinco cuentos de este libro, “Otras tardes”, “Enredadera”, “Padres e hijos”, “La segunda juventud” y “Fragmentos”, el más significativo para mí es “Enredadera”.

 

Miraflores

Las familias habían dejado La Colmena, el Paseo Colón y otros barrios aledaños del Centro de Lima, la tradición francesa del Palais Concert y el Parque de la Exposición. Miraflores era el espacio moderno y más abierto con cara al océano que los recibía y donde floreció otra manera de vivir, más libre, más extensa y amplia. Es innegable que la visión del horizonte que limita el océano donde se oculta el sol y los aires salados que se meten en los pulmones, hacían otra actitud de guía en la mente de las gentes. Un quiebre rotundo en la manera de vivir. La sangre se vuelve menos densa y admite otras situaciones que sorprenden, porque disimulan debilidades que antes estaban reñidas por la moral.

¿Cómo poder olvidar a aquel joven, el protagonista del cuento “Enredadera” que representa esa dualidad entre la ciudad y el mar, entre Lima y los Balnearios del Sur? Me imagino al propio autor en una etapa de su vida.

Luis Loayza  nos adentra entre la neblina y la luz en un universo tan nuestro que si bien ya pasó, es latente y redunda en lo que somos hoy. La calidad de su prosa lo designa como uno de los escritores destacados de la generación de los cincuenta y de nuestra literatura en general. Sus cuentos y novelas lo pintan de cuerpo entero como caballero, señorito y hombre de buen lucir, educado y culto que sin dejar el lenguaje cotidiano, no necesita abruptos ni palabras fuera del decir educado para trasmitir realidades del ser humano, en diferentes contextos.

 

Maestro del decir

Nunca es juez, su narrativa se limita a la exposición y a dar a conocer lo que acontece. Sus otros libros de narrativa, los cuentos de El Avaro (1955) y su novela Otra piel de serpiente (1964), están llenos de poesía donde hay un hilo conductor que como una madeja se va hilando con dignidad.

Luis Loayza nos ha dejado, pero sus relatos perduran como maestro en el decir con la palabra escrita, que no se borra ni con cien borradores ni productos líquidos.

Nacido en Lima y con todo el condimento de su origen, Loayza vivió largos años en Europa y algunos otros en los Estados Unidos. Es un escritor peruano que se debe leer para comprender una época pasada, el sol y la garúa de ayer. Un existir constante de lo que somos, con todas las cargas del implacable tiempo.

Este es un aviso a los peruanos que llegamos a París y que vamos a la tumba de Cesar Vallejo en el cementerio de Montparnasse para sentirnos cerca de él. Ahora también iremos al otro cementerio de Père-Lachaise para acompañar a otro genio de las letras peruanas que nos acaba de dejar, Luis Loayza.

Menos mal que existe el sueño que te lleva fuera de la realidad, pero que se nutre de recuerdos y vivencias. A veces no quiero despertar. El orden, la dignidad, el respeto al prójimo  son conceptos dentro de la nebulosa que se va.

 

 

 

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