OPINIÓN | Rubén Quiroz Ávila: Belleza y estilo

La dirección ha construido muy bien las personalidades y llevado la acción a la congoja de la historia, pero sin perder la determinación que la alegría es posible...

Lo interesante de las nuevas generaciones de directores y dramaturgos está en que renuevan la dinámica del teatro peruano. Claro, para ello tienen que tener una formación adecuada, un grado de profesionaliza­ción sólido, talento equi­librado y mucha energía para la ruta planteada. Es por eso que detectar las ten­dencias de las promociones en ciernes, dan también una luz sobre el futuro de nuestras artes escénicas. En ese sentido, la muestra Escena Sur, en su quinta edición, promovida por la Universidad Científica del Sur, nos brinda una opor­tunidad de tantear los rum­bos. La Alianza Francesa de Miraflores acoge las frescas propuestas como Manico­mio, concierto para crecer de Luis Coloma y Mafer Velarde, además de Evelyn Cordero con La Historia de Bruno (y la temible sombra que lo perseguía).

Está también Belleza y esti­lo, de Lucía Ruíz, de temática LGTBIQ, pero tocada respetuo­samente y dándole un giro a los prejuicios en torno a esa comunidad. Con un escenario dispuesto a discurrir una histo­ria dura, los actores despliegan la configuración mental pla­nificada por la autora. A pesar de los avances en derrotar los paradigmas patriarcales y conservadores, la batalla por una sociedad más equitativa aún persiste. Pero una de las guerras que hay que enfrentar está en el interior de cada uno. La lucha no solo es externa sino consigo mismo. De ese modo, Ruíz va planteando su estrategia escénica. Cuatro per­sonajes que se rebelan de sus opresiones, de sus esclavitudes mentales, en un bellatiniano salón de belleza, convertido en un refugio, un espacio de so­brevivencia, un lugar de amor y dolor también. Las peleas por la validación de la propia vida de los personajes, ya vilipen­diados por el sistema social, están en el alma. Un alma ator­mentada, desolada, tiene que romperse, astillarse. Un alma rota es escalofriante. Ya que el dolor no solo es físico, más allá de la enfermedad posible y la muerte inminente. Entonces, tienen a un cuarteto de almas devastadas que resisten.

El ritmo escénico es inquie­tante con la suficiente luz para no dramatizar innece­sariamente lo contado. La dirección ha construido muy bien las personalidades y lle­vado la acción a la congoja de la historia, pero sin perder la determinación que la alegría es posible. Es verdad que no se puede buscar la dicha ante la caída. Pero algo de sensata esperanza se abre. Para que una puesta no parezca un homenaje a Coelho y Osho, tiene que neutralizarse la sensiblería. Más allá del tosco lagrimón y cualquier varian­te de novela de Televisa, está la dignidad del dolor. Eso es lo que sucede con esta inte­ligente puesta que rompe las lecturas esquemáticas de lo que se monta en Lima. La insolencia de la juventud bien llevada, sin vacuidades ni trivialidades, con la auda­cia suficiente para creer en el futuro de nuestro teatro. Con actores totalmente compro­metidos con la obra y con el arte en general, incluso, más allá de la presencia de baila­rines en una escena que poco colabora con el sentido ya logrado. Estamos ante una promisoria figura con Lucía Ruíz, dramaturga y directora, ecuación no siempre eficaz en el Perú, pero que ahora nos da la expectativa y esperanza de un nuevo modelo de plantea­miento en escena. ❖

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